Carolina Coronado. Una mujer fascinante y adelantada a su tiempo

 

            Carolina Coronado, como ya es bien sabido, naci� en Almendralejo el 12 de diciembre de 1820, esto es, a comienzos de un decenio oscuro, de estrecheces pol�ticas y �speras represiones a la sombra de las cuales, y por contra, se fraguaban los m�s fervientes ideales rom�nticos. Y si, como tambi�n es sabido, la fatalidad de aquellas generaciones fue cargar con la tragedia a fuerza de buscar su lugar en el mundo, he aqu� que la violencia y la muerte vinieron a ser las primeras lecciones que sobre el mundo aprendi� la poetisa. No pod�a ser menos para una ni�a nacida en el seno de una familia de reconocido credo liberal. Sabemos as� que su abuelo paterno, Ferm�n Coronado, fue secretamente asesinado en las prisiones de Fernando VII y que su padre, Nicol�s Coronado, sufri� varios a�os de encarcelamiento y la expropiaci�n de todos sus bienes.

            Parece que la reclusi�n de Nicol�s Coronado en la c�rcel de la capital fue el motivo del traslado de toda la familia a Badajoz; �poca aquella turbia y oscura en que la madre de los Coronado, M� Antonia Romero, iba a diario a dar aliento a su esposo, haci�ndose acompa�ar de sus hijos. De ese modo Carolina se convirti� en un fr�gil testigo de los insultos y vejaciones que hab�a de sufrir su madre para tener acceso al prisionero. Esta tragedia familiar marc� para siempre el esp�ritu especialmente sensible de la poeta quien fue desarrollando un odio visceral a cualquier forma de atentado a la dignidad humana, como demostrar�a a lo largo de su vida.

            Y fue tambi�n en esos a�os de vida pacense en los que se fraguaron las claves del desarrollo intelectual de Carolina. Como otras ni�as de familia distinguida, comenz� recibiendo la exigua formaci�n que la �poca destinaba al sexo femenino, esto es, una formaci�n orientada a los primores de lo dom�stico, con el toque ornamental de unas leves nociones de historia, geograf�a, m�sica y pintura, para alternar convenientemente en los salones. Y es precisamente en ese sentido en el que vamos a hallar un primer gesto de rebeld�a de la joven Carolina, en absoluto dispuesta a conformarse con una �cultura de sal�n�. Fue as� como, contraviniendo el pensamiento generalizado que reputaba de inmoral a la mujer instruida, la futura poeta dio en leer y estudiar, de noche, casi furtiva, cuanto libro estuvo al alcance de su entendimiento. Y a la par de las lecturas fue fragu�ndose una vocaci�n literaria que la joven autora comenz� escondiendo, de manera que compon�a de memoria y reten�a el poema hasta poder escribirlo, otra vez por la noche y rob�ndole horas al sue�o. Muy pronto se supo en la ciudad tan �peligrosa� inclinaci�n de la joven Coronado, convirti�ndose �sta en objeto de burlas y maledicencias y provocando, por tanto, la prohibici�n materna a tales actividades, a fin de evitar la mala reputaci�n de su hija. Hemos de decir, no obstante, que la joven escritora cont� enseguida con la complicidad del elemento masculino del c�rculo de amistades y de su propia familia.

            No puede extra�arnos, la estirpe Coronado, tras la excarcelaci�n del padre acab� convirti�ndose en una de las familias m�s ilustradas y m�s comprometidas con el desarrollo de Badajoz, bien fuera desde la Diputaci�n Provincial, la Econ�mica de Amigos del Pa�s, la Comisi�n de Monumentos o la Milicia Nacional. Precisamente esta �ltima circunstancia nos lleva a otra an�cdota esclarecedora de la personalidad que Carolina Coronado mostr� al p�blico desde su juventud. Cuando en 1838, no mucho antes del abrazo de Vergara, la Diputaci�n de Badajoz sufrag� un batall�n de voluntarios anticarlistas que representara a Extremadura en la contienda civil, la joven de los Coronado sinti� el impulso de abanderar la milicia extreme�a ofreci�ndose a bordar el emblema de aquellos liberales. Tal gesto, p�blicamente reconocido por la Diputaci�n y difundido en el Bolet�n de Badajoz, nos habla ya de una jovencita con clara conciencia civil que, sin embargo, en la intimidad se manifestaba meditabunda y sombr�a. Porque es cierto que hubo mucho de tristeza enfermiza en el temperamento de esta mujer, pero tambi�n es cierto que gran parte de sus angustias juveniles eran propias de un alma inquieta, en pugna con un medio que aprisionaba su af�n de ocupar un espacio en el devenir hist�rico.

            No le llev� mucho tiempo, un a�o despu�s de aquel gesto pol�tico, Carolina Coronado saltaba a la palestra de la Historia de la mano de la poes�a: El 22 de noviembre de 1839 el peri�dico madrile�o El Piloto, publicaba �A la palma�, un poema de clara estirpe rom�ntica que emocion� a Espronceda hasta el punto de evocar, en homenaje a Carolina, su Almendralejo olvidado. �sta no conoci� entonces la bienvenida de Espronceda, pero tampoco le hizo falta porque estaba dotada de audacia suficiente como para solicitar meses despu�s la ayuda del mejor de los mentores, es decir, Juan Eugenio Hartzenbusch, paradigma de amabilidad y servicio a los escritores noveles. Se inici� entonces una correspondencia de amistad y magisterio que dar�a su primer fruto a finales de 1843, con la publicaci�n del primer poemario de Carolina Coronado, prologado por Hartzenbusch.

El libro tuvo un �xito fulminante, es verdad, pero m�s fulminante result� la entrada en la leyenda de su joven autora. Porque el 10 de enero de 1844, es decir, muy poco despu�s de la publicaci�n de sus Poes�as, un diario madrile�o, El Mundo, publicaba la sorprendente necrol�gica de Carolina Coronado. Como era de esperar, los rom�nticos, siempre dispuestos para la tragedia, se pusieron en pie de llanto, dedic�ndole toda clase de homenajes a aquella poeta, muerta justo cuando acababa de nacer a la poes�a. El inmediato desmentido de la supuesta difunta no es �bice para creer en la veracidad de un ataque catal�ptico id�ntico a los que volvi� a sufrir a lo largo de su vida, y en todo caso, aquella falsa muerte le sirvi� a Carolina para que toda la inteligencia de Espa�a le otorgara una aureola de misterio y seducci�n que habr�a de acompa�arla hasta la muerte.

Seducci�n que, desde luego, no pudo por menos que ejercer en los c�rculos intelectuales de la capital pacense, donde va a convertirse en uno de los elementos m�s comprometidos con la cultura de la ciudad. La vemos as� pronunciando discursos acad�micos, creando escuelas de beneficencia, exponiendo sus pinturas o colaborando en las revistas literarias del Liceo Art�stico y Literario de Badajoz. Es precisamente en estas publicaciones donde Carolina va a ensayar una nueva tem�tica que enseguida se dispondr�a a divulgar por todos los peri�dicos de Espa�a. Porque si algo no hab�a olvidado la poeta era que detr�s de su arrollador �xito se escond�an muchos a�os de lucha contra el rechazo a la instrucci�n y al ejercicio literario de la mujer. As� pues, amparada en el �xito, Carolina Coronado comenz� a divulgar por toda la prensa nacional dur�simos poemas, que hoy podr�an calificarse como feministas. Escrib�a as� versos como estos:

 

              Mal sus hechos tir�nicos se avienen

            con las altas virtudes que, atrevidos,

            en tribunas y p�lpitos sostienen.

              Pregonan libertad; y sometidos

            nuestros pobres esp�ritus por ellos,

            no son due�os de alzar ni sus gemidos.

 

O como estos otros:

 

  Al cuerpo cuatro paredes

            nos dan, porque viva en calma,

            mas como pudiera el alma

            fugarse de tal prisi�n,

            en la ignorancia nos hunden,

            sin pensamiento quedamos,

            y as� presas nos hallamos

            en alma y en coraz�n.

 

            La respuesta femenina a semejante osad�a no se hizo esperar. Reconociendo como abanderada a Carolina Coronado y agradeci�ndoselo p�blicamente, salt� al ruedo de la literatura la primera generaci�n de escritoras; un nutrido grupo de mujeres que desde todas las latitudes de la geograf�a espa�ola comenz� a publicar sus poemas en una actitud de apoyo mutuo y amistad tales que la cr�tica contempor�nea ha dado en llamarlas la �hermandad l�rica femenina�.

            Pero no eran los derechos de la mujer los �nicos temas que motivaban el impulso creador de Carolina Coronado. Por aquellos a�os la joven poeta brillaba en Badajoz a golpe de belleza, osad�a e inteligencia, tanto como para atraer admiraci�n y el amor. Pero decir romanticismo es decir destino tr�gico, misterioso velo, exacerbada pasi�n, empe�o en lo que no puede ser; as� que la poeta fue a depositar todo el �mpetu que la caracterizaba en brazos del amor m�s imposible. De forma obsesiva, enfermiza, Carolina vivi� desde los diecisiete a�os el m�s arrebatado amor por un misterioso joven �viajero, pintor, poeta atormentado y melanc�lico-, a quien para velar su identidad bautizar�a con el nombre de Alberto. A �l le dedic� lo mejor de su poes�a con la impudicia y la pasi�n de una mujer enamorada, capaz de escribir en el siglo XIX versos como estos:

 

                          Te cantar� la llama indefinible

                        del entusiasmo que en mi ser palpita,

                        la sed ardiente que mi sangre irrita,

                        la fe de mi pasi�n indestructible;

                        la fuerza de tu encanto irresistible

                        que mi vida en insomnios debilita...

 

            O como estos otros:

 

                          Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,

                        y quisiera exhalar mi �ltimo aliento

                        abrasada en el aire que respiras.

 

            Pero un d�a Alberto se fue definitivamente de Badajoz, dejando a su poeta enferma de soledad y de tristeza. Poco despu�s, en mayo de 1847, Carolina, que estaba en Sevilla, conoc�a la muerte de Alberto tras una grave enfermedad. Fue entonces cuando, presa del delirio y la descomposici�n nerviosa, la poeta �neg�ndose a aceptar una muerte natural- concibi� para su amante una muerte tr�gica e imponente, la muerte en un naufragio: �Nada resta de ti ... �escribir�a- te hundi� el abismo...

 

                        Te tragaron los monstruos de los mares.

                        No quedan en los f�nebres lugares

                        ni los huesos siquiera de ti mismo.

 

            Fue entonces tambi�n cuando se dice que Carolina Coronado, en uno de aquellos arrebatos de su temperamento, se present� en la catedral sevillana y jur� voto de castidad perpetua. Ya lo vemos, v�rtigo, precipitaci�n, torbellino de impulsos, abocamiento a situaciones l�mite, esa es la historia de Carolina Coronado y la mitolog�a que la surca.

            Lo cierto es que el dolor por la muerte de Alberto dej� a la joven en un estado de salud tan cr�tico, que su familia decidi� llevarla en septiembre de 1848 a un balneario pr�ximo a Madrid. No pod�a imaginarse la enferma el revuelo que la noticia de su llegada iba a levantar en la corte. Toda la prensa de Madrid dio cuenta de ello, siguiendo luego todos sus movimientos: sus visitas al Prado, la Biblioteca Nacional, al Liceo. Y fue precisamente ah�, en el nido mismo de un romanticismo que ya tocaba a su fin, donde la joven poeta recibi� el homenaje de los escritores y artistas m�s conspicuos. El 27 de septiembre de 1848 Carolina Coronado era celebrada con la mayor solemnidad en una sesi�n extraordinaria del Liceo de Madrid. En lugar preferente, junto a ella, estar�a la otra gran mujer, la poeta del Caribe, Gertrudis G�mez de Avellaneda. De esas fechas data tambi�n la admiraci�n que le profesaron siempre la reina madre Cristina y su hija Isabel II.

            Sin embargo, Carolina tardar�a cuatro a�os en establecerse definitivamente en la corte. Hasta tanto, sigui� escribiendo poemas destinados a un segundo volumen, al tiempo que realizaba viajes intermitentes a Andaluc�a, Madrid y, el m�s importante, a Francia e Inglaterra. De este �ltimo nos dej� una bell�sima cr�nica por la que conocemos la fascinaci�n que ejerci� sobre V�ctor Hugo y su esposa; tan grande que el propio escritor se ofreci� a acompa�arla a Londres.

As� era Carolina, fascinante en su aureola de perenne melancol�a, de seductora ingenuidad, de misterioso desamor. Y, ya sabemos, cuanto mayor la indiferencia, mayores los deseos. Que sepamos con certeza, la poeta fue pretendida por Donoso Cort�s y Mart�nez de La Rosa, aunque la leyenda habla de muchos m�s y todos vencidos por el recuerdo de un Alberto que parec�a imborrable. S�lo lo parec�a, porque el 14 de febrero de 1852, Carolina Coronado ten�a un encuentro, m�s bien �encontronazo�, con Horatio Justus Perry.

            Era �ste un joven graduado de Harvard que ocupaba en Madrid la secretar�a de la embajada de los Estados Unidos desde 1849. Joven rico, viajero infatigable, de extensa formaci�n human�stica, temperamento enamoradizo e indudable belleza, Horacio Perry hab�a conquistado sucesivamente a varias j�venes de la aristocracia espa�ola m�s encumbrada; pero de todas hab�a acabado huyendo, guiado por su firme decisi�n de casarse con una compatriota protestante. Por otra parte, el buen hacer diplom�tico de Perry le auguraba una excelente carrera pol�tica en los Estados Unidos en donde, hu�rfano desde la infancia, ten�a adem�s dos hermanas a su cargo. De forma que el 10 de febrero de 1852 Horacio Perry comunicaba en una carta que hab�a apurado ya su experiencia vital en Espa�a y ten�a empaquetadas todas sus pertenencias para el inminente regreso. Cuatro d�as despu�s le presentaban a una afamada escritora a la que todo Madrid reputaba de excelente en la amistad y arisca en el amor.

Pues bien, aquella mujer arisca y desamorada cay� bajo la seducci�n de un Horacio Perry que no tuvo reparos en cortejar a una nueva enamorada como su �ltima aventura en Espa�a. Pero Carolina Coronado hab�a atesorado ya demasiadas armas de seducci�n como para que Perry no quedara enredado en ellas. As� pues, cuando un mes m�s tarde, diplom�tico dimisionario fue a despedirse definitivamente de su enamorada, se encontr� con a una mujer dispuesta a retenerlo o a morirse de amor. Nada mejor para describir la escena que las propias palabras de Horacio, aunque sean fragmentarias:

 

La vi [...] tendida sobre su cama, desamparada, la fiebre la iba consumiendo, durante d�as no hab�a tomado alimentos, los m�dicos [...] no pod�an comprender su dolencia; era que yo le hab�a dicho que estaba a punto de irme de [...] Espa�a para siempre. [...] Iba resuelto a mostrarme severo, imbatible [...]. Yo siempre le dije, desde el primer momento en que tuvimos confianza, que no pod�a casarme con ella porque mis circunstancias me lo prohib�an. [...]

Ella me dijo que se estaba muriendo [...]. Le expliqu� en el lenguaje m�s en�rgico que pude asumir, todos los obst�culos que nos separaban, [...] m�s de dos horas estuve hablando con ella. Ella respond�a siempre con su apasionado lenguaje. [...] Yo la amaba pero me resist�a, me puse en pie para irme, �su coraz�n se par�!, no se desmay� sino que su coraz�n se par� de repente, instant�nea, enteramente. Yac�a muerta delante de m�. Pero no, un minuto, dos, no s�, me pareci� un a�o, de pronto como si su pecho se abriera de golpe con un soplo que [...] convulsion� todo su esqueleto, el coraz�n lati� de nuevo, reanud� penosamente sus funciones.

[...] Me dijo que se estaba muriendo. Yo lo vi. [...] Pero hice una �ltima tentativa [...] decirle con franqueza que no la amaba tanto como para casarme con ella. Fue el �ltimo golpe, una agitaci�n atraves� su esqueleto y luego qued� muy tranquila. [...] Hab�a jurado morir, [...] no pod�a vivir, [...] el d�a antes de mi partida dormir�a. No hab�a dormido �ltimamente, le hab�an dado opio para hacerla dormir, [...] ahora dormir�a, ten�a el opio en su poder y tomar�a el suficiente[...].

Ella trataba de suaviz�rmelo [...] tan dulce, tan sin pensar en s� misma lo dec�a todo, me ped�a que tuviera coraje [...] yo no ten�a la culpa de que ella hubiera estado tan triste siempre, antes de conocerme, [...] Dios la perdonar�a, [...] pensar�a que estaba dormida, [...] s�lo que por la ma�ana no despertar�a, [...] su pobre madre [...] llorar�a con amargura, pero [...] yo no ten�a que tom�rmelo tan tristemente. Yo era noble, bueno y Dios sab�a que yo no era culpable. Yo ten�a que cumplir con mi deber y cumplirlo con valent�a [...]. Me ped�a que la dejara morir [...].

�No era yo un salvaje permitiendo que las cosas dieran semejante paso?[...] Ca� arrodillado junto a ella, rec�, ped� fervientemente la luz, la fuerza de Dios. Levant� mis rodillas y casi sin saber lo que estaba diciendo, como si Dios hubiera hablado por mi boca, la llam� esposa.

 

            El 18 de marzo sal�an hacia Gibraltar donde se les hab�a dicho que les ser�a concedida la licencia de disparidad de culto, necesaria para contraer matrimonio cat�lico. Pero la autoridad eclesi�stica del Pe��n no respondi� a las expectativas, alarg�ndose de tal modo el proceso que agot� la paciencia de tan vehemente novia. As� fue como el 10 de abril Carolina Coronado, haciendo uso del libre pensamiento que siempre hab�a ejercido, se casaba con Horacio Perry seg�n el rito protestante, que ambos dieron por v�lido. Meses despu�s, la irregular situaci�n de la pareja precipit� la concesi�n de los permisos necesarios para que el 6 de julio se celebrara la boda cat�lica en la embajada de Espa�a en Par�s. Ese mismo a�o aparec�a el segundo libro de Poemas de Carolina Coronado y en enero de 1853 nac�a la primog�nita del matrimonio. A partir de aquel momento, la que ya era se�ora Perry, iba a dar un giro definitivo a su vida. Esto es, ir�a poco a poco disminuyendo su actividad literaria al tiempo que se convertir�a en el m�s firme apoyo de la carrera diplom�tica de Perry, desde luego, gracias al prestigio que antes se hab�a granjeado como escritora.

            Es ese prestigio precisamente lo que explica que al sal�n de los Perry acudieran las personalidades m�s influyentes de la diplomacia, la cultura y la pol�tica sin distinci�n de tendencias ni de nacionalidades. Fue el gran poeta norteamericano William C. Bryant, editor y periodista emblem�tico, difusor de la obra de Carolina en los Estados Unidos, quien precisamente destac� la conveniencia de mantener a Perry en Madrid, insistiendo en que la influencia de su esposa era un soporte inigualable para las buenas relaciones diplom�ticas entre ambos pa�ses, relaciones que en el siglo XIX no fueron siempre amigables. La cuesti�n era que desde los Estados del Sur se ven�a actuando de forma filibustera, a fin de propiciar un conflicto b�lico que legitimara la apropiaci�n de la isla de Cuba. El caso m�s paradigm�tico se dio en 1854 cuando el embajador Pierre Soul� utiliz� todos los medios legales e ilegales a su alcance para provocar una crisis. Pues bien, Carolina Coronado, conocedora de todos los entresijos del asunto, salv� la situaci�n en el momento m�s cr�tico, buscando el arbitraje del embajador brit�nico, aceptado por ambos pa�ses. Tal intervenci�n pacificadora, sin embargo, ha sido considerada por algunos historiadores estadounidenses como �traici�n� de la se�ora Perry. �ste por su parte, debido a las presiones de los senadores del Sur,  fue injustamente cesado en su cargo. Y todo precisamente cuando el matrimonio perd�a a su segundo hijo de apenas unos meses. Una nueva p�rdida ante la que Carolina Coronado habr�a que reaccionar neg�ndole al muerto querido la soledad del cementerio. Si a Alberto los hab�a sepultado en el mar, al peque�o Horacio lo depositar�a en la capilla m�s visitada de la iglesia de San Isidro.

            Fue �se el momento fat�dico en el que Perry se embarc� en una aventura resolutiva y estimulante que despabil� el �nimo desmadejado de su esposa. As�, ya como ciudadano privado, Horacio Perry se asoci� entre otros con Samuel Morse para fundar una compa��a cablegr�fica que instalara el tel�grafo interoce�nico. Poco despu�s, en 1857, nac�a Matilde, la tercera hija del matrimonio. A los Perry s�lo les faltaba para recuperar la alegr�a, que en los Estados Unidos se restaurara el buen nombre de su esposo. La ocasi�n le lleg� cuando Abrahan Lincoln subi� a la presidencia de los Estados Unidos. Sin pensarlo dos veces, Carolina Coronado se dirigi� al nuevo mandatario pidi�ndole la rehabilitaci�n de su esposo, y en unos t�rminos tan claros y en�rgicos que Horacio Perry volvi� a la secretar�a de la embajada.

            Y es que para esas fechas la escritora hab�a aprendido ya a manejar las alquimias de la pol�tica y los pol�ticos hasta el punto de permitirse exhibir su sentido de la justicia y el humanitarismo. Porque otro rasgo proverbial de Carolina Coronado es el de la defensa de la libertad del ser humano. En este sentido abundan las noticias acerca de la cantidad de condenados, ilustres o desconocidos, para los que consigui� la clemencia de la reina Isabel y sus gobiernos. El caso m�s conocido tuvo lugar cuando la insurrecci�n del cuartel de San Gil, en 1866, violentamente sofocada por O�Donnell. Pues bien, entre los insurrectos estaban Castelar, Martos, Becerra y Carlos Rubio quienes junto a un buen n�mero de soldados an�nimos, se acogieron al pabell�n de los Estados Unidos hasta que se dispuso su salida para Francia. Y cuando el entonces embajador John P. Hale, escandalizado, prohibi� la entrada de m�s refugiados en la casa de los Perry, fue Carolina quien personalmente prepar� la salida de, entre otros, el general Baltasar Hidalgo.

            Y si Carolina Coronado se distingui� por la defensa del libre pensamiento, no puede extra�ar a nadie que a la llegada la revoluci�n de 1868 tomara parte activa en una de las manifestaciones p�blicas m�s populosas de aquellos momentos. Me refiero al acto de afirmaci�n contra la esclavitud en Cuba. Las ideas abolicionistas de la escritora eran bien conocidas por todos desde que en 1861 saludara p�blicamente a Lincoln como el libertador de los esclavos. Luego en 1863 hab�a sido el movimiento antiesclavista catal�n el que la hab�a instado a abanderar literariamente su ideario. De manera que tambi�n ahora, en 1868, ser�a requerida su participaci�n en el acto fundacional de la Asociaci�n Abolicionista de Madrid, de la que ella y Concepci�n Arenal ser�an nombradas respectivamente presidenta y vicepresidenta. Con tal motivo Carolina Coronado hab�a compuesto un poema que con gesto teatral, apostada desde un balc�n, cabello al viento y voz contundente, recit� ante la multitud, alert�ndola con versos como estos:

 

                          No, no es as�: al mundo no se enga�a.

                        Son� la libertad, �bendita sea!

                        Pero despu�s de la triunfal pelea,

                          no puede haber esclavos en Espa�a.

                        �O borras el bald�n que horror inspira,

                        o esa tu libertad, pueblo, es mentira!

 

            Pero a los Perry no les quedaba mucho tiempo de residencia en Espa�a. El 9 de junio de 1873 mientras Horacio, otra vez ciudadano privado, gestionaba en Londres sus negocios del cable interoce�nico, la hija mayor mor�a de sarampi�n. Carolina presa otra vez de la demencia, visti� a la ni�a con sus mejores galas y la deposit� embalsamada en la sacrist�a de las monjas Pascualas de Recoletos. A su regreso, Horacio Perry se encontr� con el cuadro de una hija fallecida y una esposa al borde de la locura. Al salir del paroxismo Carolina Coronado ya no era la misma. No volver�a a serlo nunca.

Y sin embargo a�n le quedaba un largo camino vital, salpicado de obsesiones neur�ticas y c�clicas reca�das, que habr�an de perturbar una ancianidad voluntariamente vivida en Lisboa. Pasaron all� a�os de relativa bonanza y serenidad, repartiendo su tiempo entre los suntuosos palacios de Bessone (en Pa�o d�Arcos) y de Mitra (en Po�o do Bispo), junto a Lisboa. All� volver�an a abrir sus salones a ilustres portugueses, espa�oles y norteamericanos, donde las memorias de los contertulios la describen como una mujer entra�able, fascinadora e ingeniosa, a la par que extravagante y mani�tica.

Pero el bienestar no durar�a mucho tiempo, enseguida las empresas cablegr�ficas de Perry sucumbieron bajo monopolios capitalistas para cuyos m�todos de competitividad no estaba preparado el esp�ritu caballeroso y rom�ntico de Horacio. As� pues, tras a�os de pleitos con la Corte Suprema de Inglaterra, en 1885 fallar�a �sta en contra de sus empresas, dejando a los Perry en la m�s absoluta ruina.

Fue por esas fechas aciagas cuando los ciudadanos de Badajoz se propusieron coronar a su poetisa como homenaje a toda una obra. Pero esta, sumida en voluntad de luto de por vida, rechaz� tal honor con la gratitud y la modestia que desprende el soneto enviado a los pacenses. As� dec�an sus primeros versos:

 

                        ..Una corona no, dadme una rama

                        de adelfa del G�vora querido,

                        y mi genio, si hay genio, habr� obtenido

                        un galard�n m�s grato que la fama.

 

Lo cierto es que la vida de los Perry se hab�a vuelto muy ingrata. A la ruina econ�mica se un�an las continuas neurosis de Carolina, el injusto olvido de la patria en que Horacio viv�a, acuciado adem�s por la nostalgia de unos or�genes a los que no hab�a vuelto jam�s. Fue el recuerdo de la patria perdida lo que por entonces le llev� a comenzar sus Memorias, manuscritas ya por su hija Matilde dado que �l padec�a un agudo �mal del escribiente�. No pudo ni siquiera terminarlas. El 15 de enero de 1891 mor�a Horacio Perry, dejando a Carolina Coronado frente a su �ltimo gesto de desaf�o ante la muerte. Esto es, poniendo en ejercicio su consabida autoridad, la viuda de Perry consigui� doblegar las voluntades del arzobispo de Lisboa y de tres gobiernos -el espa�ol, el norteamericano y el portugu�s-, a fin de embalsamar a su esposo y dejarlo depositado en el palacio de Mitra a la espera de un entierro a la par.

El estado de desvalimiento en que quedaron Carolina y Matilde es conmovedor. Los recursos obtenidos con la venta de Bessone se los trag� la hipoteca de Mitra, de manera que se manten�an a duras penas gracias a las traducciones que hac�a Matilde y la ayuda que enviaban las familias de Horacio y de Carolina. Pero la locura de �sta segu�a comi�ndole el terreno a una lucidez que, sin embargo, segu�a a�n haci�ndola encantadora para sus contertulios. Entre ellos estaba un exiliado extreme�o, Pedro Torres Cabrera, que acab� enamor�ndose de Matilde Perry. Pues bien, las man�as de la anciana llegaron a manifestarse de tal modo que se neg� a aceptar el matrimonio de su hija, no por rechazo al novio, sino por arrebato de madre celosa y exclusivista. Carolina Coronado jam�s volvi� a hablar con su yerno.

As�, languideciendo entre jardines abandonados, salones en los que el polvo y la humedad campaban por sus respetos y ramalazos de lucidez en los que Carolina Coronado volv�a a ser escritora, transcurrieron los �ltimos a�os de la anciana que ya se ve�a como extra�a sobreviviente. Se lo dec�a a sus amigos extreme�os que nunca dejaron de escribirle y visitarla y a quienes correspond�a enviando sus colaboraciones. Porque aqu�, en Extremadura, los paisanos conservaban su nombre en la memoria con la devoci�n con que se guardan los nombres de los antepasados.

Y as� ocurri� aquel 15 de Enero de 1911 en el que Carolina Coronado, fallecida el anterior d�a 8, llegaba junto a Horacio Perry a la estaci�n de Badajoz. Las cr�nicas period�sticas refieren que una multitud silenciosa y sobrecogida, de todas las clases sociales, acompa�� �a los sones de marcha f�nebre- las dos carrozas funerarias cubiertas de flores y de sendas banderas nacionales. Era la ciudadan�a pacense, encabezada por sus autoridades, los representantes de las instituciones culturales y los descendientes de la familia Coronado, que deseaba rendir a su poeta un �ltimo gesto de admiraci�n y respeto. Tambi�n a Horacio Perry, un hombre bueno que, por amor a su esposa no volvi� nunca a la patria. Sin duda, aquel remoto verso de juventud ��al fin ha llegado la hora cumplida�- debi� de sobrevolar las calles de la ciudad que acog�a a la pareja pr�diga en un sencillo rinc�n entre sus muertos.

Y quisiera terminar este paseo �necesariamente a vista de p�jaro- por la peripecia vital de Carolina Coronado, recurriendo a los recuerdos que dej� en sus Memorias, el honorable Carl Schurz, embajador de los Estados Unidos en Madrid y poco despu�s uno de los prohombres de Lincoln. Carls Shurz dedica abundantes p�ginas de evidente simpat�a al matrimonio Perry y muy especialmente a Carolina. De entre ellas, concluiremos con este p�rrafo:

 

�Fue para m� un gran alivio que los Perry se hicieran cargo de mis asuntos dom�sticos con anterioridad a mi llegada. Ello se debi� a las excelentes cualidades de D� Carolina Coronado, hija de una noble familia extreme�a, [...] de ojos grandes, oscuros, ardientes [...] y manos y pies exquisitamente finos y peque�os. Su talento literario la hab�a llevado a Madrid. Era autora de poemas y novelas de gran �xito y hab�a sido coronada [...] si mal no recuerdo, de manos de la propia reina, quien guardaba para ella una gran preferencia [...] Su conversaci�n era rica en figuras po�ticas que a veces se tornaban pintoresca imaginer�a [...] Pose�a un instintivo conocimiento del ser humano que era pasmoso. [...]

Sus principios y sentimientos eran nobles y refinados, y a la luz de esos principios se dispuso a educar a sus hijitas. Pero era una genuina hija del sur, con delicados dones y noble inspiraci�n, y tambi�n muchas de las extravagantes vivacidades de temperamento, la bizarra fantas�a de estructura mental, y las singulares contradicciones entre pensamiento y emoci�n que a menudo engendra el sol del sur.�

                                                                        ISABEL M� P�REZ GONZ�LEZ

                                Aula HOY, C�ceres, 29 y Badajoz, 30 de abril de 2002

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