MADURAR EN EL HIELO. �EL FIN DE LA CULTURA?
(Javier Rodr�guez Marcos)

            Empecemos con Henri Michaux dado que terminaremos con �l. Michaux, poeta y pintor, incluy� en su libro Passages un ejemplo de lo que Freud, en muchas m�s p�ginas hab�a tratado de definir como �malestar en la cultura�, t�tulo de un cel�berrimo libro cuyo sentido se entiende mejor traducido como �malestar en la civilizaci�n�, ambig�edad sobre la que ya volveremos. Pero vayamos con Michaux, que escribe: �A los ocho a�os Luix XIII hace un dibujo parecido al que hace el hijo de un can�bal de Nueva Caledonia. A los ocho a�os, tiene la edad de la humanidad, tiene por lo menos doscientos cincuenta mil a�os. Algunos a�os m�s tarde los ha perdido, no tiene m�s que treinta y uno, se ha vuelto un individuo, no es m�s que un rey de Francia, atolladero del que no saldr� nunca�. El atolladero del que jam�s saldr� Luis XIII no es tanto el de la Historia como, ya dijimos, el de la Civilizaci�n, eso que el propio Freud llama la represi�n de los instintos, algo que genera en el ser humano un malestar primigenio del que hasta la �ltima c�lula de su cuerpo guarda memoria hasta el fin de sus d�as. He querido empezar desde el principio record�ndoles su propio malestar para que se sientan c�modos. No tiene vuelta atr�s. Para cualquiera de nosotros, tristemente, dir�a Michaux, ser�a m�s f�cil llegar a reyes que a hijos de can�bal de Nueva Caledonia.
            Pero no es de ese tipo de educaci�n, civilizaci�n y cultura de lo que querr�a hablar hoy, sino de aqu�lla a la que cotidianamente otorgamos ese nombre: de la cultura de las consejer�as de cultura, de esa rara disciplina sin fronteras cuyo nombre se invoca como panacea contra los males del momento, de eso que los peri�dicos colocan (y la elecci�n no ha de ser inocente) bajo del r�tulo de cultura y espect�culos. Y al lado de la palabra crisis.           

CULTURA EN CRISIS. CULTURA ES CRISIS. 

            Efectivamente, nuestra cultura est� en crisis. Todo el mundo est� de acuerdo, desde los ministros de cultura hasta los peatones pasando por los padres, los profesores, los alumnos y esa rara avis de nuestro tiempo que son los gestores culturales. Crisis. �sa es la palabra. La pintura ha muerto, la novela vive sus �ltimos d�as, el pensamiento se ha debilitado, cada tanto se anuncia el fin de la historia y Dios mismo no pasa por sus mejores tiempos. Incluso el transmisor tradicional de la cultura, el libro, sobrevive bajo la amenaza de su desaparici�n. Por otro lado, nunca como hoy se us� tanto la palabra cultura, hasta el punto de que, Raymond Williams, que pasa por ser el fundador de los modernos estudios culturales se lamentaba de haber o�do alguna vez la �maldita palabra. Nunca hubo tantas p�ginas de cultura en los peri�dicos (al menos en los espa�oles), nunca hubo tantos actos culturales, ni tantos discos ni libros ni tantas obras socioculturales de las cajas de ahorro. Nunca tanta cultura pareci� servir para tan poco.
           
Retrocedamos, pues, medio siglo, al tiempo feliz en que todav�a viv�an los grandes nombres que hoy ocupan nuestras enciclopedias. 1948. El mismo a�o en que recibe el Premio Nobel de Literatura, el poeta norteamericano nacionalizado brit�nico T.S.Eliot publica sus Notas para una definici�n de la cultura. En su introducci�n, y despu�s de admitir que ninguna sociedad y ninguna �poca ponen en juego todos los valores de la civilizaci�n, afirma: �No obstante, podemos distinguir entre avance y retroceso. Y podemos afirmar con cierta seguridad que nuestro tiempo es de declive, que los est�ndars de cultura son m�s bajos que hace cincuenta a�os�. El final de la frase es el que sigue: �No veo ninguna raz�n por la que la decadencia de la cultura no deba llegar mucho m�s lejos ni por qu� no podemos pronosticar un periodo del que pueda decirse que no tendr� cultura�. Puede que ya estemos en ese periodo.
Pero antes de llegar al futuro, continuemos viajando en el pasado. �Hace 50 a�os�, dec�a Eliot. Retrocedamos ahora en busca de esa �poca de verdadero esplendor. 1909, por ejemplo, un tiempo efervescente en el que Par�s, Viena, Berl�n y Nueva York se disputaban la capitalidad universal de las artes. Ese mismo a�o, un peri�dico alem�n lanza una encuesta en torno al futuro de nuestra cultura. El 14 de abril se public� la respuesta de Georg Simmel, que dedic� al tema algunos de los ensayos m�s penetrantes. �El pesimismo �afirmaba Simmel- con el que la mayor�a de los esp�ritus m�s profundos parecen considerar el estado presente de la cultura tiene su raz�n de ser, hasta donde alcanzo a verlo, en el abismo que se abre cada vez m�s entre la cultura de las cosas y la del hombre�. Como ven, el primer sustantivo que asoma a la respuesta nos resulta familiar: pesimismo. �Pero qu� es la cultura de las cosas? Lo que nos sirve en m�quinas y t�cnicas, lo que se ofrece en conocimientos y artes, en estilos de vida e intereses. El problema es que en virtud de la divisi�n del trabajo, esa cultura hab�a alcanzado una multiplicidad de formal sin precedentes. El abismo surge cuando la capacidad del individuo para utilizar este material para el cultivo personal se enfrenta de modo muy lento a ese crecimiento. Traducido: la oferta le desborda y el individuo, literalmente, ya no sabe qu� pensar. Y hablamos de hace un siglo. Poco tiempo despu�s, una guerra vendr�a a certificar por la v�a violenta la desmembraci�n de un mundo que hab�a dejado de ser uno s�lo.

Retrocedamos ahora cincuenta a�os m�s.

                 1857. El 11 de enero, un d�a despu�s de su elecci�n como acad�mico, Eug�ne Delacroix �franc�s, pintor y rom�ntico, tres atributos a tener en cuenta- emprende la escritura de un Diccionario de Bellas Artes. All� incluye un t�rmino al que la propia Enciclopedia no hab�a relacionado con el arte: DECADENCIA. La entrada de Delacroix dice as�: �Decadencia. Las artes despu�s del siglo XVI, cumbre de su perfecci�n, son una permanente decadencia�. �Cu�l es para el pintor la causa de tal decadencia? No la escasez de grandes artistas sino el �cambio operado en los esp�ritus y en las costumbres�, es decir, la ausencia generalizada de gusto, la autoridad de una cr�tica est�ril que estimula la mediocridad y desanima a los grandes talentos, la inclinaci�n hacia las �ciencias �tiles� y hasta �la riqueza que alcanza gradualmente a las clases medias�. Hace m�s de siglo y medio de las apocal�pticas consideraciones de Delacroix, pero ya est�n ah� los lamentos de hoy: falta de gusto y de criterio, obsesi�n por la tecnolog�a y adocenamiento de las masas. En medio de tanta incertidumbre, un conclusi�n tomada de los ejemplos citados: incluso las cumbres m�s elevadas de nuestra modernidad forman parte de una interminable decadencia. En el fondo, cada �poca tiende a ver su propia cultura como una degeneraci�n de los valores de la tradici�n. Incluso en un tiempo como el nuestro, de sacralizaci�n del progreso, vivimos con la sensaci�n de que cualquier tiempo pasado fue mejor. La cultura, pues, no s�lo est� en crisis, sino que es crisis.

Algunos estudiosos, por otra parte, han detectado en las opiniones de Delacroix las de su amigo el pintor y fil�sofo Paul Chenevard, que divid�a las edades de la vida en cuatro etapas: hasta los 21 a�os (infancia), hasta los 42 (madurez), hasta los 63 (mediana edad) y hasta los 83 (edad avanzada). Estas edades se correspond�an a las edades de las civilizaciones, que se desarrollar�an desde el 4200 (edad de Ad�n) hasta el nacimiento de Cristo, momento culminante de la civilizaci�n. La decadencia comienza entonces. A pesar de la invenci�n de la imprenta hacia 1400, la inteligencia humana declina. En el siglo XIX la decadencia se agrava con la llegada de la m�quina de vapor. �Afortunadamente�, la historia terminar�a el 2800 despu�s de Cristo, al llevar la vuelta a la barbarie a la desaparici�n final del hombre. Delacroix sit�a la cumbre de la pintura en el siglo XVI, en la fase de esplendor renacentista, modelo de su propio trabajo.

Claro que para el artista franc�s, en toda civilizaci�n hay un solo punto en el que le es dado a la inteligencia humana mostrar toda su potencia. Por eso afirma: �Parece que durante este momento r�pido, fugaz, comparable a un rel�mpago en un cielo oscuro, no haya casi intervalo entre la aurora de ese destello y el �ltimo t�rmino de su esplendor�. A continuaci�n se pone po�tico. Y apocal�ptico: �La noche que sucede es m�s o menos profunda, pero la vuelta a la luz es imposible. Ser�a preciso �contin�a- un renacimiento de las costumbres para que tambi�n lo hubiera de las artes. Este punto �concluye- est� entre dos barbaries, la una causada por la ignorancia; la otra, m�s irremediable todav�a, que proviene del exceso y del abuso de los conocimientos�.

Y donde dice abuso de los conocimientos vale decir autoconciencia, cr�tica, modernidad. Es decir, ese momento en el que la pregunta ya no es siquiera �Si existe Dios qu� quiere decir la palabra Dios�, sino m�s bien, �Si existe Dios qu� quiere decir la palabra existe.�

As� pues, la modernidad es el tiempo del escepticismo. No es, pues, casual que sea tambi�n el de la conciencia ling��stica, el tiempo de la ruptura entre las palabras y las cosas. Nunca m�s ser�a posible creer en el idealismo que identifica la estructura del lenguaje con la estructura del mundo. Poner en duda el significado de las palabras no es m�s que el primer paso para ponerlo todo en duda. As�, la literatura, la m�sica, las artes pl�sticas y, por supuesto, la ciencia, se afanan desde entonces en encontrar sus propios l�mites. La tan tra�da y llevada autonom�a de las artes proclamada por la vanguardia no es m�s que una manifestaci�n de lo mismo. Una obra ya no representa al mundo sino a s� misma. De ah� que para tanta gente el arte de vanguardia no sea m�s que anti-arte y la musica contempor�nea, puro ruido. Por as� decirlo, perdido el sentido trascendental de la cultura, que si no se refiere ya ni siquiera al mundo, �c�mo va a referirse a algo que est� fuera del mundo? Buena parte del pensamiento de �ltimo siglo ha girado en torno a las posibilidades del lenguaje, aunque posiblemente, ning�n texto tan sintom�tico como la Carta de lord Chandos, de Hugo von Hofmannsthal, publicada en 1901 y fruto de aquella Viena finisecular que puso la cultura occidental patas arriba, desde la filosof�a de Wittgenstein hasta la arquitectura de Adolf Loos pasando por el psicoan�lisis de Freud. En su carta, Hofmannsthal narra el paso de una unidad esencial entre el hombre y el lenguaje (y entre el hombre y la naturaleza) a una diversidad radical. �Mi caso es, en breve, este �escribe lord Chandos-: he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre cualquier cosa. Primero se me fue volviendo imposible hablar sobre un tema elevado o general y pronunciar aquellas palabras, tan f�ciles de usar, que salen sin esfuerzo de la boca de cualquier hombre. Sent�a un inexplicable malestar con s�lo pronunciar �esp�ritu�, �alma� o �cuerpo� (�) Las palabras abstractas que usa la lengua para dar a luz, conforme a la naturaleza, cualquier juicio, se me descompon�an en la boca como hongos podridos (�) Todo se descompon�a en partes, y cada parte en otras parte, y nada se dejaba ya abarcar con un concepto�. La situaci�n parece tr�gica. Reparen no en las grandes palabras, sino en ese �conforme a la naturaleza� o en la descomposici�n de partes. No hay ya, pues, lugar para un fundamento �ltimo. Las cosas no tendr�n ya jam�s un �nico sentido y ese sentido nunca m�s ser� Dios. He aqu� el que para algunos es nuestro mayor problema: sin una creencia trascendental, el humanismo y su cultura giran en el vac�o. Un vac�o sin principio de autoridad en el que, insisten, en el que los Rolling Stones equivalen a Bach y el rap a la m�s alta poes�a.

DIOSES ANTIGUOS, DEMONIOS MODERNOS

            Si como escribi� Mar�a Zambrano en El hombre y lo divino, una cultura depende de la calidad de sus dioses, la tan comentada muerte de Dios ser�a el mejor diagn�stico del estado de nuestra cultura. El hecho de que hasta para un revolucionario como Delacroix el momento culminante de la civilizaci�n fuera el nacimiento de Cristo es todo un s�ntoma.

            En el mismo ensayo citado, T. S. Eliot insiste en la relaci�n entre religi�n y cultura. As�, el autor de La tierra bald�a, ve la cultura de un pueblo como una encarnaci�n de su religi�n, y utiliza un ejemplo meridiano para explicar de qu� est� hablando: los obispos son parte de la cultura inglesa y los caballos y perros son una parte de la religi�n inglesa. Adem�s, Eliot recordaba la relaci�n que entre los dos �mbitos se daba en las sociedades m�s primitivas, que no distingu�an entre actividades culturales y religiosas (de culto). Seria ocioso recordar, pues, que la historia del arte es, en buena parte, la historia del arte religioso. Incluso como objeto de cr�tica, la religi�n ha sido decisiva en Occidente. Hasta Nietzsche es un hombre de Dios, cabr�a decir.

            Igualmente ocioso ser�a recordar que el abuso de conocimientos de los que hablaba Delacroix terminar�a llev�ndose por delante las creencias m�s firmes de nuestra civilizaci�n, empezando por la idea misma de Dios. A la crisis de lo Sagrado, claro est�, no tardar�a en seguir las crisis de la Verdad y la Belleza. Y hasta de las letras may�sculas. Sin el calor de los fundamentos �ltimos, el peligro del relativismo (para muchos el c�ncer de la cultura) estaba a la vuelta de la esquina (hoy parece que por fin la ha doblado). Si Dios no existe �ven�a a decir el oficial de Los hermanos Karamazov-  qu� clase de capit�n soy yo. Si Dios no existe, todo est� permitido.     

            Pero que el cielo no exista no significa que no exista el infierno.

            Walter Benjamin, que como buen materialista supo ver en la revoluci�n industrial del siglo XIX el origen de nuestro presente, la modernidad era �la �poca del infierno�. No es, pues, extra�o que definiera su propia obra como una �teolog�a del infierno�. Como las palabras las carga el diablo, conviene decir cuanto antes que si el para�so era una naturaleza ad�nica irrecuperable a la altura del siglo XIX (no digamos hoy), el infierno no es otra cosa que la ciudad, all� donde (son, de nuevo, reflexiones de Simmel), al contrario que en el campo, el entendimiento reprime el sentimiento, el tiempo del reloj sustituye los ciclos del sol y de las estaciones y el desarraigo a la pertenencia. La desaparici�n de la vida rural, a nadie se le escapa, ha tenido consecuencias tan importantes para la cultura como para la agricultura. Se dir� que todav�a existen pueblos con un pu�ado de habitantes, y es cierto, pero la vida rural no es tanto sus circunstancias como sus consecuencias. Hoy cabr�a decir que la vida sigue, efectivamente, en el campo, pero que sus consecuencias son la de una vida urbana en cuanto a informaci�n, transporte y mentalidad. Paisaje aparte, hoy las gentes de Las Hurdes comparten el mismo imaginario que las de Madrid. Por no hablar de Hollywood. Cuando a los albaneses que pretend�an entrar en Italia se les preguntaba a d�nde querr�an ir de poder elegir libremente, la mayor�a contest�: a Dallas. Una generaci�n m�s tarde habr�an contestado: Falcon Crest.

La velocidad y la indiferencia ser�a, as�, dos consecuencias del modo de vida urbano. Para unos es un l�mites. Para otros un cauce. Aqu�llos viven la anonimia y la oferta inabarcable como una condena. �stos, como una liberaci�n. Hoy las cosas, m�s que cambiar, han abundado en la misma v�a: la plaza p�blica ha sido sustituida por el centro comercial. Los ciudadanos van camino de convertirse en clientes.

            Volvamos al infierno. En 1873, diez a�os despu�s de la muerte de Delacroix, un poeta de apenas veinte a�os cerraba el �nico libro que lleg� a preparar para su publicaci�n con una frase que hoy se ha convertido en un c�lebre esl�gan: �Hay que ser absolutamente moderno�. El libro se llamaba, no por casualidad, Una temporada en el infierno. Y el poeta, ya lo han adivinado, Arthur Rimbaud, que en la invocaci�n que abr�a ese mismo libro sent� en sus rodillas a la Belleza (con may�sculas), y la encontr� amarga, y la cubri� de insultos.

            Para Octavio Paz, que rastre� la presencia en el �mbito hisp�nico del mundo moderno, modernidad es sin�nimo de cr�tica y se identifica con el cambio; no es la afirmaci�n de un principio atemporal, sino �el despliegue de la raz�n cr�tica que sin cesar se interroga, se examina y se destruye para renacer de nuevo�. No nos rige, por tanto, el principio de identidad ni sus enormes y mon�tonas tautolog�a, sino la alteridad y la contradicci�n, la cr�tica en sus vertiginosas manifestaciones. En el pasado, la cr�tica ten�a por objeto llegar a la verdad; en la edad moderna, la verdad es cr�tica. �El principio que funda nuestro tiempo no es una verdad eterna, sino la verdad del cambio�. Seg�n Paz lo moderno no se caracteriza �nicamente por su novedad sino por su heterogeneidad. Como tradici�n heterog�nea o de lo heterog�neo, la modernidad est� condenada a la pluralidad. �La antigua tradici�n es siempre la misma, la moderna es siempre distinta�. 

            NI CULTIVO NI CULTURA. NI URBANIDAD NI URBANISMO. NI NATURALEZA NI HISTORIA.

            De esa �tradici�n� infernal y heterog�nea venimos nosotros. De ah� que tengamos que convivir con nuestro demonios, y con la eterna pregunta de todos los diablos: �la cultura est� en crisis? Aceptado que cultura es crisis, hay que a�adir enseguida que, adem�s, est� en crisi. S�. Pero �qu� cultura? Por decirlo pronto: la cultura occidental, esto es, la cultura de ra�ces cristianas, basada en una tradici�n can�nica y cuya depositaria natural es una elite ilustrada que act�a como motor del progreso social.

            El cristianismo dotaba a la cultura de un sentido unitario y trascendental, y su desintegraci�n, que ya vimos, provoca todas las dem�s, empezando por el cuestionamiento del canon tradicional (base de una jerarqu�a de valores garantizada por el principio de autoridad) y terminando por la irrupci�n en escena de una masa que antes que conocedora es consumidora pero cuya presencia altera la relaci�n entre cantidad y calidad y, finalmente, los propios mecanismos por los que se constru�a la tradici�n. Del progreso social hablaremos algo m�s adelante.

            Fij�monos ahora, pues, en tres de los fantasmas que, desde este punto de vista, han socavado los fundamentos de la cultura tal y como la entend�amos: el primer fantasma es filos�fico, el segundo, pol�tico y el tercero, social; son la deconstrucci�n, el multiculturalismo y la cultura de masas. 

EL FANTASMA FILOS�FICO

            Dado que ni sus te�ricos (Jacques Derrida, Paul de Man) se deciden a definir una tendencia de pensamiento contraria en principio a toda definici�n, recurramos a la que de P. V. Zima incluye F�lix de Az�a en su Diccionario de las artes: �La deconstrucci�n es  una escritura conceptual, cuando no anticonceptual, que trata de derribar todas las jerarqu�as establecidas por el logos filos�fico, suprimiendo la frontera entre filosof�a y literatura�. Junto a sus factores de construcci�n, todo texto incorpora los de su deconstrucci�n. Su sentido y su sinsentido a un tiempo. Pero como dec�a Scholem, el sinsentido es sinsentido, pero la historia del sinsentido es materia de estudio.

            La gran revoluci�n, y el gran peligro, de la deconstrucci�n es, llanamente, la equiparaci�n entre lo verdadero (la filosof�a) y lo veros�mil (la literatura). Todo son palabras y ninguna obra acaba de tener un sentido �nico y trascendental. Todo son interpretraciones, �derivas�. No es, as�, extra�o que uno de los m�s l�cidos nost�lgicos del absoluto, George Steiner recuerde, recurriendo al lenguaje religioso, que para la escol�stica el hereje es aquel cuyo discurso no tiene fin. Si el dogma es el punto final, �la interminabilidad es caos sat�nico�. Por otro lado, Steiner recurre a una hermosa met�fora para remachar los peligros del comentario sin fin: �Quienes se sumergen �dice- a grandes profundidades cuentan que, llegados a cierto punto, el cerebro humano se ve pose�do por la ilusi�n de que es de nuevo posible la respiraci�n natural. Cuando esto ocurre, el buzo se quita la escafandra y se ahoga. Se emborracha con un hechizo fatal llamado le vertige des grandes profondeurs. Los maestros de la lectura y la explicaci�n escol�sticas conoc�an este v�rtigo�.

            Dir�n ustedes, y no sin algo de raz�n, que tiene esto que ver con nosotros. Son, efectivamente, debates acad�micos, pero debates acad�micos son los que, todav�a hoy, transcurren en Estados Unidos entre los partidarios de explicar en las escuelas la teor�a b�blica de la evoluci�n en igualdad de condiciones con la de Darwin. Por lo dem�s, hay algo impl�cito en estas diatribas que nos ata�e: la idea de autoridad y la de responsabilidad. Si no hay sentido �ltimo y todas las interpretaciones valen los mismo, �puede pedirse a alguien responsabilidades por sus actos? �Valen lo mismo en la historia los vencedores y los vencidos? �La opini�n de los maestros y la de los alumnos?

            �Con qu� derecho � se pregunta Steiner- puedo uno obligar a n ser humano a alzar el list�n de sus gozos y de sus gustos? Y contesta: �Yo sostengo que ser profesor es arrogarse este derecho. No se puede ser profesor sin ser por dentro un d�spota, sin decir: �Te voy a hacer amar un texto bello, una bella m�sica, las altas matem�ticas, la Historia, la filosof�a�. Pero cuidado: la �tica de esta esperanza es muy ambigua�. 

EL FANTASMA POL�TICO

            La Gran Cultura se ha instalado permanentemente, ya lo hemos visto, en el banquillo de los acusados. Tal vez por eso, nunca como hoy d�a se ha hablado tanto de cultura. Cabr�a decir que la gente se ocupa, ansiosa, de no olvidar la palabra, como si eso les sirviera para no olvidar su contenido. S�lo se habla de la salud cuando falta. Hablamos de cultura con la risa nerviosa que produce el miedo. En ese sentido cabr�a interpretar la proliferaci�n de res�menes de res�menes, recopilaciones, antolog�as y c�nones, los balances de la cultura del siglo y del milenio, surgidos, s� al hilo de los cambios de fecha, pero tambi�n de la urgencia de levantar acta de algo que se desvanece, acaso para siempre. Cuando la lista de los cl�sicos est� clara no hace falta ponerla por escrito. Libros como los de Jacques Barzun (Del amanecer a la decadencia. 500 a�os de vida cultural en Occidente. De 1500 a nuestros d�as), Peter Watson (Historia intelectual del siglo XX, cuyo t�tulo original era A Terrible Beauty) o Dietrich Schwanitz (La cultura. Lo que hay que saber) �y los subt�tulos son m�s sintom�ticos a�n que los t�tulos-, esos libros, dec�a, por s�lo citar los m�s recientemente publicados en Espa�a, son una muestra de lo que vengo diciendo.

            Hay quien ha se�alado que esta Modernidad Tard�a en la que vivimos tiene m�s de una semejanza con la desaparici�n del Mundo Antiguo y su prolongaci�n en la Antig�edad Tard�a, eso que algunos llaman Baja Latinidad. Con una diferencia. Si la desmembraci�n del Mundo Antiguo sustituy� la centralidad cl�sica por la que aportaba el cristianismo como idea fuerte, nuestra modernidad, cuyo laicismo se quiso construir sobre ruinas cristianas, pens� en alg�n momento que el nuevo centro lo aportar�a el socialismo. No hace falta recordar con qu� resultado.

            Sea como fuere, una obra como las Etimolog�as de San Isidoro de Sevilla (siglo VII; todav�a dos siglos despu�s de la ca�da del imperio romano de occidente) es una mezcla de historia, enciclopedia y diccionario que algunos historiadores describen como una gu�a que explica la unidad divina que existe tras la aparente confusi�n de las cosas a las personas que ten�an poco acceso a los libros. Como apunt�bamos, cuando hay que explicar la unidad de las cosas en Dios es porque dicha unidad o el propio Dios no pasan por su mejor momento. Ante la confusi�n, orden. Ante el aburrimiento de las obras completas, res�menes, versiones cinematogr�ficas de las novelas y Selecciones del Reader Digest, o sea, ya digeridas. Hoy el acceso a los libros est� garantizado. El problema es el de un derecho que se renuncia a ejercer.

            Con todo, el mismo miedo que lleva a ordenar conocimientos en medio de la confusi�n o en v�as de desaparici�n es el que provoc� en 1994 la aparici�n de una obra de referencia: El canon occidental, de Harold Bloom. La pol�mica obra de Bloom, que pecaba de un anglocentrismo que pone en evidencia sus propias pretensiones de universalidad, era el canto del cisne de una tradici�n que se cree en peligro. De su lectura surgen dos preguntas: 1) Cu�ndo una obra merece entrar en el canon y 2) Contra quien se ordena.

La primera llevo a la confecci�n de listas interminables de obras imprescindibles. Inerminables porque, como hab�a afirmado sin empacho el propio Steiner, la democracia est� re�ida con lo can�nico. La democracia y, parad�jicamente, la historia. Sabemos que en la �poca de san Agust�n eran desconocidos muchos textos que hoy llamamos cl�sicos. Aunque basta recordar la muy reciente recuperaci�n para el canon art�stico contempor�neo de pintores como Morandi o Balthus, ignorados, cuando no despreciados, apenas hace unos a�os, no est� de m�s recordar que muchos de los movimientos que hoy considerados decisivos nacieron precisamente al margen de las corrientes dominantes. En 1874, Claude Monet se uni� a otros j�venes paisajistas expulsados del Sal�n para organizar una exposici�n en el estudio de un fot�grafo. All� Monet expuso su �Impresi�n: amanecer�, una bah�a vista a trav�s de la neblina. Un cr�tico encontr� tan rid�culo el t�tulo que empez� a usarlo en sentido peyorativo (algo que ya hab�a sucedido con g�tico, barroco o manierista o como habr�a de suceder con minimalista). Dos a�os m�s tarde, al hilo de una nueva exposici�n, otro cr�tico parisino escrib�a: �la rue Le Peletier es un lugar de desastres. Despu�s del incendio de la �pera ha ocurrido otro accidente en ella. Acaba de inaugurarse una exposici�n en casa de Duran-Ruel que, seg�n se dice, se compone de cuadro. Penetr� en ella y mis ojos horrorizados contemplaron algo espantoso. Cinco o seis lun�ticos, entre ellos una mujer, se han reunido y han expuesto all� sus obras. He visto personas desternill�ndose de risa frente a estos cuadros, pero yo me descorazon� al verlos. Esos pretendido artistas se consideran revolucionarios, �impresionistas�. Cogen un pedazo de tela, color y pinceles, la embadurnan con unas cuantas manchas de pintura puestas al azar, y la firman con su nombre. Resulta una ilusi�n de la misma �ndole que si los locos del manicomio recogieran piedras de las m�rgenes del camino se creyeran que hab�an encontrado diamantes�.

            La segunda pregunta -�contra qui�n se ordena un canon?- la ha contestado por activa y por pasiva el propio Harold Bloom: contra el multiculturalismo y los estudios de g�nero, a los que �l mismo, con gracia y con mal vino, denomina �estudios lesbico-esquimales�.

            Los estudios culturales y de g�nero (a falta de mejores traducciones) promueven el estudio de las obras de arte y pensamiento desde puntos de vista diferentes de los pol�tica y socialmente dominantes, esto es, desde el punto de vista de las minor�as raciales, sociales o sexuales. En los mejores de sus exponentes (entre los que estar�a Edward Said), tales estudios nacen contra la separaci�n tradicional entre una visi�n trascendente de la cultura y la esfera de lo cotidiano. �Muchos humanistas profesionales �afirmaba Said en Cultura e imperialismo, otro t�tulo emblem�tico- son incapaces de establecer conexiones entre la crueldad prolongada y s�rdida de pr�cticas como la esclavitud, o la opresi�n racial y colonialista, o la sujeci�n imperial en el seno de una sociedad, por un lado, y, por otro, la poes�a, la ficci�n y la filosof�a de esa misma sociedad�. Sin negar la grandeza de obras como las de Joseph Conrad o Jane Austen, estos estudiosos pretenden valorarlos como agente pol�ticos capaces de las mayores contradicciones: progresistas y reaccionarios a un tiempo. Evidentemente, dentro de las claves de su tiempo. Las mismas claves que todav�a hoy establecen c�nones en los que se cree manifiesta la superioridad de la cultura occidental sobre las de, por ejemplo, �frica y Asia, codificadas en una imagen de estampa rom�ntica colonial. Y donde dice occidental, vale decir, la pretendida superioridad de la cultura espa�ola sobre, por ejemplo, los pa�ses de latinoam�rica.

             El muticulturalismo no se ha instalado todav�a en los �mbitos acad�micos espa�oles pero campa por sus fueros en la universidad estadounidense. Curiosamente, lo que s� se ha instalado en Espa�a es una versi�n extra�a de sus consecuencias. Lo que en los Estados Unidos termina en ocasiones como pat�tica versi�n de la mala conciencia por los abusos del pasado (sin reparar muchas veces en los del presente), eso que llaman la Espa�a de las autonom�as ha promovido una multiplicadora recuperaci�n de tradiciones culturales que bajo la etiqueta de lo regional (para la alta cultura) en unos casos y de lo popular (para la baja) en otros no ocultan muchas veces m�s que un mecanismo de autoafirmaci�n regionalista. Ahora que la lucha de clases ha sido sustituida por el choque de civilizaciones. La versi�n auton�mica de ciertas nostalgias es menos un producto popular (cu�ntas barbaridades en nombre del pueblo) que, en el peor sentido, folcl�rico.

            Ni que decir tiene que la gente del campo no considera folclore sus costumbres, del mismo modo que no considera como tal el blues el cantante norteamericano de blues, por muy enraizado que est� en el campo. Lo curioso es que ciertas manifestaciones del mundo rural que ese propio mundo fue perdiendo por mera evoluci�n son ahora recuperadas desde la ciudad. El resultado es un artificio que genera s�mbolos acr�ticamente y, bajo el manto de la tradici�n y la memoria, perpet�a actitudes que son m�s disfraz que ropa. Aunque puedan llegan a serlo. Todo se andar�. La recuperaci�n universal de la Semana Santa y de tantas fiestas populares llamadas a promover la �unidad nacional� son un ejemplo de todo esto en su versi�n popular. En su versi�n elevada lo ser�an la inclusi�n en los planes de estudios de escritores y artistas (muchas veces contempor�neos) cuyo mayor m�rito es haber nacido en la regi�n que da nombre a la universidad. Es curioso, dec�a, nadie piensa que la implantaci�n de la literatura extreme�a a costa de la literatura universal sea un signo de decadencia. Dec�a Borges que la labor de la universidad era promover lo pasado y remoto. Para promover lo actual y pr�ximo ya est�n los peri�dicos.  

EL FANTASMA SOCIAL

Los peri�dicos (y por extensi�n todos los medios de comunicaci�n) son, precisamente, los principales difusores del mayor fantasma que acosa a la gran cultura, elitista por definici�n: la cultura de masas.

Sin perder de vista la �ntima relaci�n que existe entre elite cultura y elite econ�mica (relaci�n, que no identificaci�n) y dado que este nuevo tipo de cultura no es posible sin la reproducci�n t�cnica y masiva de sus productos, volvamos a la historia. Baste recordar, as�, las primeras reacciones ante el nacimiento de la fotograf�a por los mismos a�os en que Delacroix empez� a escribir su diccionario. En su Peque�a historia de la fotograf�a, Walter Benjamin, de nuevo, reproduce un fragmento de un art�culo publicado en un peri�dico alem�n en 1841, con la fotograf�a como tema. �Querer fijar fugaces espejismos, no es s�lo una cosa imposible, sino que desearlo meramente es ya una blasfemia. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y ninguna m�quina humana puede fijar la imagen divina�.

            El nacimiento de la fotograf�a coincide con la decadencia de la religi�n. La c�mara sustituye al ojo de Dios. Incluso para un moderno como Baudelaire la nueva t�cnica es un invento diab�lico. �En estos d�as deplorables se ha producido se ha producido una nueva industria que ha contribuido no poco a confirmar la estupidez en su fe(�). Un dios vengativo ha atendido os ruegos de esta multitud. Daguerre fue su mes�as�. Otra vez, recuerden, dios, la industria, la masa. No es extra�o que Baudelaire, para muchos el primer poeta moderno, escribiera tanto sobre Delacroix. Lo que demuestra, como en el caso de Eliot, que a veces la poes�a ve lo que no ve el poeta.

            (Para no terminar con la demon�aca modernidad, baste recordar tambi�n que junto a su famoso busto de Balzac, las puertas del infierno esculpidas por Auguste Rodin han sido consideradas tradicionalmente como el origen de la escultura moderna moderna).

            En los a�os 60 (las fechas no son un capricho), Umberto Eco, semiol�go convertido en novelista de masas, public� un c�lebre ensayo cuyos an�lisis siguen siendo v�lidos: Apocal�pticos e integrados. Los primeros ser�an aquellos que ven en la cultura de masas una anticultura signo inequ�voco de decadenica; los segundos considerar�an, por el contrario, que la sociedad industrial trajo una enriquecedora ampliaci�n del marco cultural. En su ensayo, Eco inclu�a una suerte de dec�logo en defensa de la cultura de masas. Valga detenerse en dos puntos.

1)     La cultura de masas no ha ocupado en realidad el puesto de una supuesta cultura superior, se ha difundido simplemente entre masas enormes que antes no ten�an acceso al beneficio de la cultura. Cuando imaginamos al ciudadano de un pa�s moderno que lee en el mismo peri�dico noticias sobre la estrella de moda e informaciones sobre Miguel �ngel no debemos compararlo con el humanista antiguo que se mov�a con autonom�a  en los varios campos del saber, sino con el artesano que hace unos siglos se hallaba excluido del disfrute de los bienes culturales.

2)     Los medios de comunicaci�n han introducido nuevos  lenguajes, modos de hablar y esquemas perceptivos. Se trata de una renovaci�n estil�stica que de la imagen pasa, por ejemplo, a la literatura.

Al optimismo integrado de Eco respond�a Hanna Arendt por las mismas fechas en La crisis de la cultura. Para la pensadora alemana, la cultura no se difunde entre las masas, �sino que se encuentra destruida para engendrar el ocio (�) Creer que una sociedad as� se har� m�s �cultivada� con el tiempo y el trabajo de la educaci�n es un error fatal�

Qued�monos, para terminar, con dos t�rminos invocados por Arendt. Sociedad y educaci�n. Es muy posible que no estemos tanto ante una crisis de la cultura cuando ante una crisis de sus fines (el progreso social) y de sus modos de transmisi�n (la educaci�n). 

LOS FINES DE LA CULTURA.

La larga historia de la cultura est� atravesada, ya lo vimos, por una impenitente noci�n de crisis y por una pregunta aterradora: �por qu� las humanidades no nos han protegido contra la inhumano? �por qu� era posible interpretar por la ma�ana a Schubert y acudir por la tarde a cumplir con las propias obligaciones en un campo de concentraci�n? En su libro El holocausto como cultura, el reciente premio Nobel Imre Kert�sz se niega a despreciar la idea de que exista una relaci�n entre nuestra forma de vida y la posibilidad del holocausto (�Auschwitz me pareci� m�s tarde una mera exacerbaci�n de las mismas virtudes para las cuales me educaron desde la infnacia�). Y cita a Tadeusz Borowski, prisionero en Auschwitz: ��Te acuerdas c�mo me gustaba Plat�n? Ahora s� que ment�a�, afirma, �Porque la idea no se reflejan en los asuntos terrenales, sino el trabajo humano sudoroso y sangriento�. Para Kert�sz, vivir con un sentimiento de desamparo es hoy en d�a el estado moral en que podemos ser fieles a nuestra �poca.

Puede que toda la cultura haya compartido el error de las vanguardias de pensar que existe progreso en el arte y de que �ste equivale a progreso pol�tico. La cultura, dig�moslo ya, no puede cambiar la sociedad. Y nuestra sociedad actual menos todav�a. Sobre todo si entendemos la cultura en el sentido de la humanidades tradicionales. La cultura, efectivamente, se ha transformado en ocio. El negocio est� en otro parte. Y hoy el consumo es la �ltima ideolog�a que se mantiene en pie. En Wall Street y en China.
             Resignados, en fin, a que la cultura no pueda cambiar a la humanidad, la �nica posibilidad de optimismo reside en que s� puede cambiar a los hombres. Y alargarles la vida.

            La derrota de las grandes ideolog�as fue tambi�n la de la cultura. Liberada de la pesada carga de salvar a los hombres en su conjuntos, tal vez le quepa la posibilidad de salvarlos uno a uno. Acaso s�lo quepan respuestas individuales.

 CULTURA Y CIVILIZACI�N

La otra palabra invocada por Hanna Arendt, recuerden, era educaci�n, un verdadero nudo gordiano. Quiz� en de ese nudo se est�n desligando las viejas nociones de cultura y civilizaci�n. Recordemos: la primera ser�a el alma de un pueblo, el flujo moral que da cohesi�n a una sociedad; la segunda, el conjunto de modales, leyes y conocimientos t�cnicos. De ah� que varias naciones puedan compartir una misma civilizaci�n aunque se diferencien en sus respectivas culturas.

En tiempos de globalizaci�n parece m�s apropiado rescatar la pol�mica franco germana que hac�a de la civilizaci�n un elemento de progreso general basado en la raz�n (exterior, material) frente a una cultura en la que se cumple el destino de un pueblo (interior, espiritual). Puede que la crisis est� afectando a los dos extremos.

Puede que no. Si el modelo cultural tradicional est� en crisis, �por qu� el problema es la crisis y no el modelo?

Yo mismo forma parte de la que tal vez sea la primera generaci�n (espa�ola al menos) educada en un mundo sin naturaleza y, �sta es la novedad, sin historia. Nacidos en los alrededores de los a�os 60, muchos de los elementos que antes formaban parte de la educaci�n han pasado a formar parte de la cultura: la literatura, por ejemplo. Por as� decirlo, nuestro imaginario ha dejado de ser exclusivamente el generado por la alta cultura. Hemos aprendido a disfrutar y a sufrir, a morir y a amar en muchos otros campos: del cine a la m�sica popular pasando por la fotograf�a o el arte contempor�neo. El siguiente paso est� a la vista: generaciones que al contrario de la tradici�n ya no se educar�n en la historia ni siquiera como las vanguardias, contra la historia, sino al margen de la historia.

 MADURAR EN EL HIELO

Hab�amos empezado citando a Henri Michaux. Terminaremos con �l, con un poema suyo, con una especie de �If�, de Rudyard Kipling, al rev�s.
           
Y no olviden la decadencia de Luis XIII: de ni�o de ocho a�os con la imaginaci�n del hijo de un can�bal a mero rey de Francia. Dice Michaux:

            �Si trazas un camino, �cuidado!, te costar� trabajo volver a campo abierto.
            Aprende s�lo con reservas.       
           
Toda una vida no es suficiente para desaprender lo que, ingenuo, sumiso, has dejado que te metan en la cabeza.
            Piensa en los precedentes. Han marchitado todo lo que han comprendido.
            �Tontos por haber sido inteligentes demasiado pronto.
            T� no te precipites hacia la adaptaci�n. Mant�n siempre una reserva de inadaptaci�n.
            No, no hay que adquirir. Tienes que viajar para empobrecerte. Eso es lo que necesitas.
            A falta de sol, aprende a madurar en el hielo�.

            He aqu�, tal vez, un buen programa, muy poco program�tico, para enfrentarse a los tiempos que corren. Eclipsados casi todos los soles de la tradici�n que nos cobijaron a nuestros mayores (dioses y doctrinas, seguridades y certezas), apenas queda el hombre solo. Y acaso tanto como no lo hab�a estado nunca antes. El hundimiento del mundo antiguo, ya dijimos, encontr� en el cristianismo un asidero que le dur� siglos. El declive del cristianismo encontr� el relev� de las ideas socialistas. La aparatosa ca�da de �stas (o de su perversa aplicaci�n) en forma de muro de hormig�n (Berl�n, 1989) nos deja a la intemperie, sin dioses, sin ideolog�as, sin historia y sin naturaleza. Nunca hubo tanto y nunca echamos algo tanto de menos. Recuerden a Delacroix afirmando que la noche que sucede al �ltimo resplandor de la cultura es m�s o menos larga, �pero la vuelta a la luz es imposible�. No sabemos. La noche es larga y las estrellas est�n lejos. Alumbran pero no calientan. Sin embargo son muchas. Especular, al menos eso dicen, viene de mirar con un espejo (speculum) a las estrellas. Y de hacerse preguntas. Muchos hoy se preguntan, efectivamente, no ya si hay vida en otros planetas, sino si la hay en el planeta tierra. Otro, algo m�s optimistas, ponen sus esperanzas en los glaciares subterr�neos de Marte. Del mar surgi� la vida, ya sabemos. Entre tanto nosotros, a falta de dios sol, de rey sol, a falta de un centro para nuestro universo, habr�, s�, que aprender a madurar en el hielo.