LA IMAGEN PUBLICA DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD ACTUAL

  Concepci�n G�mez Esteban

Universidad Complutense de Madrid

  En esta conferencia voy a tratar la relaci�n entre mujer y espacio p�blico tomando como referencia la situaci�n en Espa�a. Para ello, analizar� las im�genes qu� circulan sobre las mujeres en los medios de comunicaci�n, el mundo de la pol�tica y el trabajo extradom�stico intentando establecer si existe alguna relaci�n entre esas im�genes y la participaci�n femenina real en estos �mbitos; mi objetivo con este an�lisis es intentar dar respuesta a una pregunta impl�cita pero recurrente, �las mujeres participan menos en esos espacios porque se las discrimina o porque ellas se autolimitan?.

Al hilo de este an�lisis quisiera dejar apuntada una idea que me parece importante: que la adscripci�n de un espacio a cada g�nero �el espacio privado al femenino y el p�blico al masculino-, que se realiza en nuestras sociedades, tiene consecuencias negativas para el pleno desarrollo no s�lo de las mujeres sino tambi�n de los varones y constituye una r�mora de primer orden para lograr una sociedad m�s igualitaria y moderna.

Pre�mbulo

  Antes de comenzar a comentar qu� im�genes sobre las mujeres circulan en diferentes medios y �mbitos p�blicos, y, en tanto tal, qu� capacidades, atributos y papeles sociales se adscriben a las mujeres, es necesaria una reflexi�n previa sobre lo p�blico y lo privado y c�mo son vividos estos espacios por varones y mujeres, a fin de cuestionar hasta qu� punto el espacio privado atribuido a las mujeres es tal para ellas.

Como se sabe, la divisi�n sexual del trabajo se ha basado hist�ricamente en una complementariedad donde la mujer ha tenido un papel subordinado al del var�n; esta complementariedad conlleva una radical asimetr�a de tiempos y espacios en la que la mujer es �dadora� de tiempo y gerente del espacio privado (dom�stico-familiar) y el var�n receptor de ese tiempo y rector del espacio p�blico.

Y digo �gerente� de lo dom�stico porque, aunque tradicionalmente se ha considerado a la mujer el �ama� de la casa, y el hogar como un lugar de realizaci�n femenina, el espacio privado ha sido �regentado� por las mujeres, pero no apropiado. Realmente la mujer no tiene privacidad en el hogar pues depende permanentemente de las expectativas de los otros (familia), ni tiene tiempo propio �el trabajo dom�stico no tiene l�mites en el tiempo, ni hay propiamente �vacaciones� ni �fines de semana�[1]-, ni la mujer suele tener en el hogar un espacio propio, un lugar que pueda considerar exclusivamente suyo, ni aunque tenga una profesi�n. Los hijos pueden tener su habitaci�n y el marido un despacho o un taller, pero ella dif�cilmente; a menudo, incluso las mujeres tienen que estar con la puerta abierta mientras se duchan para vigilar a los hijos cuando son peque�os. Es, por tanto, una falacia que el espacio privado sea tal para ellas. Y esto supone un grave problema porque espacio y tiempo propios son pilares b�sicos de la privacidad y componentes esenciales de la identidad y la realizaci�n personal.

Veamos algunos aspectos m�s de esta asimetr�a espacio-temporal. Como he dicho, las mujeres son las principales �dadoras de tiempo�. En el caso de nuestro pa�s, dedican un promedio de 3 h. 58 min. al trabajo de limpieza de la casa y los varones s�lo 44 min. diarios; igualmente las mujeres dedican el doble de tiempo a las compras y al cuidado de la familia y, aunque trabajan menos fuera del hogar, a�n as� trabajan 1 h. y 36 min. m�s al d�a que los varones (Instituto de la Mujer, 2001).

En el hogar, los hombres, a lo sumo, �ayudan�. Pr�cticamente nunca planchan, ni friegan; apenas se ocupan de las tareas rutinarias propias de la reproducci�n dom�stica, y aquellas que realizan suelen tener que ver con el �mbito externo (comprar, arreglar el coche, sacar la basura, etc.); lo que m�s hacen es compartir las actividades de la crianza de los hijos pero, a�n en este caso, su actividad tambi�n tiene que ver con el exterior (llevarles al parque, comprar juguetes, etc.). Incluso, aunque la mujer trabaje fuera del hogar, los d�as festivos dedica mucho m�s tiempo a la actividad dom�stica, lo que para algunos autores supone que el domingo, �sigue siendo el d�a del se�or� (Ramos, 1990). Y muchos de esos varones que �ayudan� temen que, lo que hoy consideran como una donaci�n por su parte, acabe siendo una obligaci�n, una imposici�n por parte de las mujeres (Mart�n y G�mez, 1996).

Y esta misma desigualdad se reproduce en el �mbito laboral. Antes de entrar en ello, recordemos que la mujer espa�ola asocia lo p�blico b�sicamente con el trabajo extradom�stico; en este sentido, se hace eco del mismo tipo de asociaci�n que prima el var�n: la posibilidad de conquistar un espacio p�blico pasa por tener un trabajo remunerado. La participaci�n femenina en el espacio p�blico se produce fundamentalmente a trav�s del empleo, motivo por el que en esta conferencia dedicaremos un amplio espacio a analizar dicha participaci�n y las im�genes concretas que surgen sobre la mujer trabajadora.

La mujer con actividad extradom�stica y una doble -o triple jornada en el caso de que sea madre- carece a�n en mayor medida de tiempo para desarrollar otra actividad p�blica que no sea su trabajo y, adem�s, se ve obligada permanentemente a simultanear roles y espacios. Mientras que el var�n tiene la posibilidad  de vivir secuencialmente sus roles y desarrollarlos en tiempos y espacios claramente diferenciados, muy a menudo, la mujer ha de compatibilizar constantemente la relativa autonom�a del espacio externo con la heteronom�a del espacio dom�stico y, pese a estar en su puesto de trabajo, seguir llevando el �control remoto� del hogar; seguir ocup�ndose de las necesidades y problemas que puedan surgir con la reproducci�n dom�stica y el cuidado familiar. Esta necesidad de compatibilizar roles obliga a la mujer a redefinir su carrera profesional en funci�n de las necesidades familiares y, a menudo, la lleva a no aceptar traslados y promociones que podr�an beneficiarla. (Y si realiza su actividad laboral dentro del recinto dom�stico, se suele respetar poco su trabajo, a diferencia de lo que sucede con el var�n; por ello, el teletrabajo puede tener efectos contradictorios para la mujer y ser tambi�n una trampa pues no la libra de la necesidad de compatibilizar tareas y de estar sometida a las expectativas de los otros y, adem�s, dificulta su posibilidad de tener relaciones externas, algo que las trabajadoras espa�olas valoran sobremanera).         

Si en la complementariedad y asimetr�a que venimos comentando, y que acabamos de analizar en su dimensi�n m�s cotidiana, se ha sustentado un orden de dominio masculino, es f�cil entender que la b�squeda femenina de una mayor realizaci�n, su apertura al exterior, a lo p�blico, sea vivida por los varones m�s tradicionales como un ataque frontal a sus m�s espont�neos par�metros vitales y a la totalidad de su identidad, a lo que, como es conocido, algunos reaccionan con una manifiesta violencia, y muchos otros, como veremos, con diversas formas de resistencia entre las que se cuenta el plantear que una pareja que comparte ambos espacios est� llamada al fracaso.

En este problema cuenta mucho el hecho de que los varones consideran el trabajo extradom�stico femenino fundamentalmente como una opci�n personal. Algunos estudios realizados sobre las actitudes masculinas frente al trabajo de las mujeres muestran que los hombres no lo consideran una necesidad como en el caso del var�n; que los m�s tradicionales no creen que lo mejor sea que ambos trabajen; que algunos que s� ven positivo que la mujer tenga un empleo, lo aceptan siempre que ese trabajo sirva para complementar los ingresos y la mujer siga ocup�ndose en exclusiva de la reproducci�n dom�stica porque, en caso de que no sea as�, �suman�, valoran si es m�s rentable que la mujer se quede en el hogar; algunos otros, en fin, vaticinan que una pareja que comparte ambos espacios �tareas dom�sticas y desarrollo profesional- est� llamada al fracaso; algo que considero una especie de �profec�a autocumplida� porque, como veremos, pocos est�n dispuestos a cambiar personalmente.

Todas estas valoraciones muestran que cuando se rompe la disciplina de espacios y tiempos en que se asientan nuestras sociedades la coacci�n a la mujer se produce de muchas maneras, que pueden llegar incluso a la violencia; porque lo �natural�, como veremos, es que est� en el hogar.

Tras este pre�mbulo que cuestiona la idea de que el espacio privado sea un lugar de realizaci�n femenina, seg�n pretende la ideolog�a tradicional que, como veremos, se reproduce n�tidamente en el discurso masculino, entremos ya de lleno a analizar c�al es la imagen de la mujer y sus intereses que existe en diversos contextos p�blicos. Empecemos por las im�genes que difunden los medios de comunicaci�n. Para ello, recojamos un conjunto de comentarios de expertos, que, si bien son discutibles en algunos puntos, tienen el m�rito de enfatizar otros.

 

Im�genes en los medios de comunicaci�n

Especial relevancia en la circulaci�n de im�genes tienen los medios de comunicaci�n, y m�s concretamente la televisi�n por su poderos�sima capacidad de conformar actitudes. La televisi�n contribuye a proporcionar los marcos de experiencia, las perspectivas culturales dentro de las cuales los individuos de las sociedades actuales interpretan y organizan la informaci�n.

Concretamente, la televisi�n es la principal fuente de informaci�n para la mayor�a de la poblaci�n, pues apenas se leen los peri�dicos y menos en Espa�a. Adem�s, es un medio m�s �cre�ble� que otros lo que deriva de sus posibilidades expresivas;  como plantea M. Mart�n Serrano: �Diversas cualidades de la TV hacen que sea valorada como el medio de `realizaci�n� m�s eficaz; es decir, la capacidad de disipar la diferencia entre la realidad que viven las personas y la `realidad� que se presenta en la peque�a pantalla. Las capacidades expresivas de la TV hacen que no sea percibida como mediadora, sino que lo transmitido parezca real� (1994)[2].

Aunque la televisi�n puede fomentar cambios sociales, en general los expertos opinan que tiende en mayor medida a recoger y afianzar los estereotipos y valores tradicionales; los medios crean y transmiten ideolog�a; no son en vano el cuarto poder, y, en el caso concreto de Espa�a, la poblaci�n tiene m�s confianza en los media que en la justicia[3]. Por otra parte, estudios realizados fuera de nuestro pa�s muestran que la visi�n de los periodistas de televisi�n refleja la de los grupos dominantes de la sociedad (y no hay que recordar que las mujeres no lo son).

Con respecto a las mujeres, en general la televisi�n no representa la realidad social actual pues no suele mostrar la diversidad de actitudes y roles femeninos ni el grado de integraci�n social real de las espa�olas; antes bien, la televisi�n estereotipa muy a menudo a las mujeres al reducir todos sus roles y capacidades a las atribuidas tradicionalmente y al reforzar su vinculaci�n con el �mbito privado (dom�stico-familiar). Veamos algunos ejemplos de ello.

 

Por lo que respecta al hecho de no mostrar el grado de integraci�n social de las mujeres espa�olas, basta con recordar que aunque �stas tienen ya un alto nivel educativo �hay m�s j�venes universitarias que varones entre los menores de 25 a�os- y trabajan fuera del hogar m�s de un 30%, s�lo un 15% de los participantes en programas de debate intelectual son mujeres y se las llama menos para dar su opini�n como expertas. En general, tambi�n las citas televisivas sobre mujeres o de mujeres o las menciones a mujeres o temas de su inter�s son muchas menos que las de los varones. Las cadenas s�lo suelen considerar como informaci�n de alta calidad aquella en la que aparecen varones adultos de los colectivos sociales dominantes, de ah� que siga existiendo un �sexismo institucional� por el que las principales fuentes de informaci�n de los medios siguen siendo mayoritariamente masculinas: ministros, portavoces, dirigentes pol�ticos, contertulios, etc.

Por lo que ata�e a la presentaci�n que se hace de los colectivos femeninos, en un alt�simo porcentaje las im�genes giran alrededor de una tem�tica femenina vinculada al �mbito privado, dom�stico y familiar. As�, cuando se habla de mujeres que han accedido al poder �diputadas, etc.-, todav�a a veces se destacan sus cualidades f�sicas, o se las cita por su vinculaci�n con otros �es esposa de ..., hija de...- frente a la individualizaci�n del var�n. En los programas de ficci�n, apenas se representan mujeres que sean campesinas u obreras -salvo asistentas graciosillas-, y, las profesionales, suelen aparecer en segundo nivel, en papeles que no colisionen con el mundo masculino. Si lo que se representa son mujeres �liberadas�, lo que desean es lo mismo que el hombre �un coche-; por el contrario, a la mujer feminista se la desprestigia mostr�ndola como una persona protestona, que descuida su aspecto f�sico y desprecia al hombre y la familia; y, como dice Vicente Romano, �Los medios de comunicaci�n suelen referirse a las demandas planteadas por los movimientos feministas como si se tratase de una minor�a disidente, subversiva y desprestigiada� (1996).

Los modelos que subyacen a todas estas im�genes y representaciones suelen ser los tradicionales. Todav�a la mujer sigue siendo presentada muy a menudo como un objeto sexual al gusto del var�n -heterosexual, bella, rubia, etc.-, y su piel desnuda sirve para vender cualquier producto �refrescos, coches, desodorantes, tel�fonos-; la proliferaci�n repetida de estas im�genes  ata a las mujeres a la �cadena� de la belleza y exagera la capacidad femenina de seducir: en el siglo de la emancipaci�n de la mujer cada vez m�s el mensaje es �ser seductora�, puedes ser una magn�fica profesional pero siempre est�s obligada, adem�s, a seducir.

           

Concretamente la publicidad transmite tres modelos principales: 1) el del ama de casa, con dos versiones: la del ama de casa que aparece desvalorizada, incluso a veces ridiculizada, que es la asociada a los productos de limpieza; y la versi�n moderna del ama de casa: la que trabaja fuera o realiza actividades fuera del hogar -como hacer deporte- que suele ser m�s joven que la otra, de clase media[4], y que se asocia a una gama mayor de productos; 2) la triunfadora ejecutiva, m�s independiente y de nivel social m�s alto que las anteriores; una mujer integrada en el mundo masculino, que aparece principalmente en los anuncios de cosm�ticos (muchos de los cuales vienen a decir �o te embadurnas de potingues desde muy pronto o te estropeas irremisiblemente�, seg�n el estereotipo atroz de la mujer como producto perecedero, P�rez Mill�n, 2001)[5]; y 3) la mujer adorno o mujer seductora, cuya aparici�n en muchos casos no tiene relaci�n directa con los productos publicitados; una imagen femenina que sirve para vender cualquier cosa.

A menudo los s�mbolos que intervienen en la publicidad pueden tener una influencia m�s profunda sobre el comportamiento social que los �mensajes� expl�citos que los anunciantes deseen comunicar. As�, las divisiones sexuales con frecuencia se simbolizan en lo que ocurre en el contexto o en el fondo del anuncio m�s que en lo que se vende de forma expl�cita. Por ejemplo en el famoso spot de telecomunicaciones donde un ni�o repet�a �Hola, soy Edu. Feliz Navidad�, resulta que, junto a �l, su padre le�a tranquilamente el peri�dico y, detr�s del sof� en el que descansaban ambos varones, la madre se afanaba en poner la mesa... O en otros anuncios los hombres aparecen como mental y f�sicamente alerta, mientras que se muestra a las mujeres con la vista so�adoramente perdida en la distancia; o se usa un voz masculina en off para dar autoridad[6].

 

En la prensa las mujeres son noticia fundamentalmente cuando satisfacen las necesidades del sensacionalismo �sobre todo en la prensa amarrilla y del coraz�n- o como protagonistas de la ficci�n publicitaria. En las portadas de las revistas se destacan o bien las agresiones a mujeres -difundi�ndose as� una imagen de la mujer d�bil, necesitada de protecci�n-, o bien se presentan mujeres que aparecen en portada por su relaci�n conyugal m�s que por cualquier otro rol: Lady Di, Ana Botella, etc.; o, por �ltimo, a mujeres como objeto, como percha (en el caso de la moda, las top models, etc.). Y, en general, las mujeres dif�cilmente encuentran en la mal denominada �prensa de informaci�n general� asuntos de su inter�s espec�fico (donde, en cambio, s� se da un importante espacio al deporte y al f�tbol).

 

La conclusi�n que podemos extraer tras este breve repaso a la presentaci�n femenina en los medios de comunicaci�n, es que las im�genes vistas tienen como base los modelos tradicionales femeninos y se apoyan en la inercia de la cultura tradicional, d�ndose la circunstancia de que las �nicas representaciones femeninas verdaderamente novedosas suelen ser consecuencia de las iniciativas pol�ticas de instituciones p�blicas o agentes sociales que promueven la igualdad. En cambio, las im�genes que habitualmente difunden los medios de comunicaci�n siguen relacionado a la mujer con el �mbito privado, lo que supone limitar su presencia en el espacio p�blico y reforzar el lugar secundario que la sociedad le adscribe, y que se aprecia particularmente bien a trav�s del lenguaje; un aspecto de la realidad en el que me gustar�a detenerme un momento pues igual que las im�genes de los media no son neutrales tampoco lo es el lenguaje.

 

A trav�s del lenguaje, que coadyuva a construir las relaciones de poder y las posiciones de los sujetos en ellas, se expresa muy bien el lugar secundario que tienen las mujeres en nuestra sociedad[7]. Por ejemplo, no hay m�s que recordar algunas asimetr�as sem�nticas entre las formas femeninas y masculinas de un mismo t�rmino �es un zorro/es una zorra-; la estigmatizaci�n de lo propiamente femenino �ser un co�azo/ser cojonudo-; la falta de equivalentes femeninos de algunas profesiones �perito electr�nico-; o c�mo la diferencia de g�nero marca tambi�n una diferencia de estatus -ama de casa/amo de casa, u hombre p�blico/mujer p�blica- (este �ltimo caso muestra n�tidamente c�mo la participaci�n femenina en lo p�blico resulta sospechosa).

 

 

Im�genes en la pol�tica

           

Veamos ahora c�al es el modelo o modelos de mujer que se presentan desde el �mbito pol�tico.

 

Desde la transici�n pol�tica espa�ola, la presencia de la mujer en el discurso pol�tico es cada vez m�s importante; si bien, esta presencia es sobre todo en los programas electorales, y, por tanto, m�s te�rica que efectiva, con poca repercusi�n posterior en pol�ticas de promoci�n de la mujer. De hecho, algunos autores consideran que la incorporaci�n de estos temas no es m�s que una estrategia cuyo objetivo es cambiar la imagen de los partidos para conseguir nuevos votantes (Ruiz Jim�nez, 1999).

En general a la hora de analizar la relaci�n entre partidos pol�ticos y mujer el factor m�s significativo en la mayor�a de los casos suele ser el ideol�gico, pues la cultura pol�tica dominante de un partido es esencial a la hora de entender la representaci�n que se hace de las mujeres en los mensajes pol�ticos y la posible asunci�n de sus demandas. Sin que se pueda establecer una delimitaci�n estricta en este sentido, s� se puede afirmar que en nuestro pa�s la presencia femenina es mayor en el discurso pol�tico de la izquierda y en segundo plano en el de los nacionalistas mayoritarios (PNV y CIU). Cuantitativamente las referencias a la mujer son mayores en los documentos de los partidos de izquierda, pero tambi�n hay diferencias cualitativas pues, mientras los partidos de derechas insisten en la importancia de temas como la familia, los del centro y la izquierda se implican m�s en propuestas sobre la igualdad de oportunidades. El primer tipo de propuestas se basa en el papel femenino tradicional de la mujer como madre y esposa y contempla medidas para favorecer a la familia como unidad tradicional; el segundo tipo de propuestas enfatiza la idea de la mujer moderna y trabajadora e intenta eliminar la discriminaci�n en raz�n de sexo (Gait�n y C�ceres, 1995; Elizondo, 1997). No obstante, independientemente de estas diferencias ideol�gicas, en todos los partidos las �reas que se adjudican a las representantes femeninas suponen una proyecci�n de los roles que las mujeres desempe�an en el �mbito familiar por cuanto son principalmente �reas relacionadas con la atenci�n y cuidados de los otros (sanidad, educaci�n, cultura, o asuntos sociales).

Por lo que respecta a la presencia de mujeres en las �lites pol�ticas, afortunadamente los a�os 90 se est�n caracterizando en nuestro pa�s por un notable incremento de mujeres en todos los puestos de responsabilidad pol�tica �por ejemplo, en el Congreso se ha pasado de un 6% de mujeres en las cuatro primeras legislaturas a un 28�29% en el 2000. En este salto tendr�a mucho que ver, como hemos apuntado, la influencia de partidos de izquierda que, al menos hasta la actualidad, han asumido de forma mucho m�s importante el discurso feminista que, por su �nfasis en la igualdad, encaja mejor en las ideolog�as de izquierda que en las de derechas[8]; quiz�s por ello los partidos de izquierda han propiciado una mayor presencia de mujeres en todos los �rganos de representaci�n, pese a tener menores porcentajes de afiliadas que los partidos de la derecha del espectro pol�tico (en 1998 el PP contaba con un 31�5% de afiliadas y el PSOE con un 26�5%; IMOP, 1999). Actualmente, el partido con mayor representaci�n femenina en el Parlamento es el PSOE con un 36�80% de diputadas, si bien en el Senado la representaci�n femenina es mayor dentro del grupo del PP, pues de los 149 esca�os con que cuenta este partido un 30�87% est�n ocupados por mujeres.

 

Si observamos ahora las diferencias de g�nero en la participaci�n electoral[9] -votar en las elecciones legislativas y dedicar tiempo trabajando para un partido pol�tico o candidato-, hay que decir que �stas desaparecieron durante la d�cada de los ochenta y que hoy  las diferencias en t�rminos de abstenci�n son muy peque�as,  habi�ndose nivelado las tendencias de voto a la izquierda y la derecha en t�rminos de g�nero; no obstante todav�a existen algunas diferencias importantes entre hombres y mujeres en otros modos de participaci�n pol�tica.

As�, aunque tiende a disminuir, todav�a la proporci�n de hombres que pertenecen a alg�n partido pol�tico es el doble que la de mujeres y triplica a la femenina en el caso de la participaci�n en sindicatos (si bien hay que contar con que a�n hay pocas mujeres en el mercado de trabajo y con el alto desempleo femenino). Las mujeres en general participan tambi�n menos en organizaciones no directamente pol�ticas (culturales, deportivas, de vecinos, ecologistas, consumidores de profesionales, etc.) y s�lo superan a los hombres en organizaciones de mujeres y ben�ficas (Uriarte, 1999).

Los estudios realizados que analizan las diferencias de g�nero en la participaci�n pol�tica se�alan como factor esencial la diferente implicaci�n psicol�gica con la pol�tica de varones y mujeres, que bien pudiera tener que ver con el proceso de socializaci�n infantil sobre los roles de g�nero, y que conducir�a a las j�venes a creer que la pol�tica es incomprensible y que no merece su atenci�n ni su inter�s (Morales D�ez de Ulzurr�n, 1999);  (si bien, el nivel educativo alcanzado o la edad incrementan la participaci�n en ese �mbito). A esta desafecci�n psicol�gica hay que sumar factores estructurales como la menor disponibilidad de tiempo femenina, sobre todo en el caso de las mujeres que tienen que compatibilizar un empleo con las tareas del hogar, puesto que esta situaci�n dificulta su posible dedicaci�n al partido y, en tanto tal, la posibilidad de acceder a posiciones de poder pol�tico. En general, no tener �cargas� familiares es un factor de oportunidad para las mujeres para acceder a puestos de responsabilidad en todos los �mbitos.

 As�, aunque hay m�s similitudes que diferencias entre las diputadas y los diputados espa�oles, pues en la �lite pol�tica predominan los or�genes de clase acomodada, los or�genes urbanos y un alto nivel de formaci�n, sin embargo hay algunas diferencias claras que tienen que ver con la dificultad que tiene para las mujeres dedicarse a la pol�tica cuando hay responsabilidades familiares. De hecho, entre las diputadas hay una mayor proporci�n de solteras, separadas o divorciadas y un menor n�mero de hijos (en 1999, un 32�7% de diputadas no ten�a hijos frente al 13�5% de los diputados). Otras diferencias son que las diputadas han tardado m�s en llegar a la pol�tica, de ah� que tengan una edad algo mayor que sus pares varones y que para el 61�2% de ellas la de 1996-2000 sea su primera legislatura, caso en el que s�lo est� un  38% de los diputados; aunque las mujeres han tardado m�s en llegar, hay que decir que llevaban un n�mero similar de a�os militando en el partido (Morales D�ez de Ulzurr�n, 1999).

 

Estos �ltimos datos sugieren que los d�ficits de participaci�n y de cultura pol�tica que tienen las mujeres s�lo ayudan a explicar una parte de las causas de la debilidad de la presencia femenina en los centros de poder pol�tico, y que hay otros aspectos que explican esa escasa representaci�n como es la desconfianza general que existe hacia las mujeres que tienen poder (Cruz y Cobo, 1991; G�mez Esteban, 2001).

As� parece ponerlo de manifiesto el hecho de que cuanto m�s alejada es la unidad pol�tica del �mbito de la experiencia propia, m�s mujeres se votan y, viceversa, menos mujeres se apoyan cuanto mayor es el inter�s y la implicaci�n psicol�gica de la gente (en este sentido, tanto hombres como mujeres expresan un mayor inter�s en las actividades de su ayuntamiento). En coherencia con ello, la mayor representaci�n femenina se alcanza en el Parlamento Europeo, con un 34�38% de mujeres elegidas por parte espa�ola, representaci�n que se reduce a un 28�29% cuando se trata del Congreso, se mantiene en un 30�46% en los Parlamentos Auton�micos, desciende a un 20% en los Gobiernos Auton�micos y s�lo es de un 9�6% de mujeres cuando se trata de ver la representaci�n femenina en las alcald�as de los municipios espa�oles  (Instituto de la Mujer, 2001)[10].

Si tomamos en consideraci�n estos datos hay que poner de manifiesto la paradoja que supone que m�s del 70% de los/as espa�oles/as se muestren a favor de una mayor presencia de mujeres en las instituciones pol�ticas (Instituto de la Mujer, 1996), pero no pongan los medios necesarios para lograrlo; una actitud que s�lo podemos calificar de �igualitarismo abstracto� [11]. (Lo cual no es �bice para que el 68% de los espa�oles proyecte en los partidos pol�ticos la responsabilidad de la falta de mujeres en pol�tica, al considerar que �stos prefieren colocar candidatos masculinos, Cruz y Cobo, 1991; algo que parece compartir un 83,6% de diputadas y un 44,2% de diputados que opinan que los partidos no dan suficientes oportunidades a las mujeres[12]).

 

 

Im�genes en el mundo laboral

 

            La mujer espa�ola se est� incorporando con fuerza al mercado laboral, como muestra el hecho de que la actividad alcance al 39%[13] de la poblaci�n femenina en edad de trabajar. Como vamos a ver, este incremento del n�mero de mujeres en el mundo del trabajo y, en especial, en los niveles medio-medio y medio-alto de la estructura laboral, est� modificando las im�genes existentes sobre la mujer y las propias relaciones entre los g�neros. Vamos a detenernos a analizar con cierto detalle esas im�genes porque el mundo del trabajo extradom�stico es el principal espacio p�blico en el que participan las mujeres.

 

En primer lugar, vamos a presentar escuetamente las im�genes que se desprenden del discurso de los varones por cuanto son el grupo dominante dentro de las organizaciones laborales[14]; luego, veremos las estructuras ideol�gicas y valorativas sobre las que se asientan y a las que remiten esas im�genes; despu�s estableceremos su relaci�n con algunos aspectos de la realidad sociolaboral espa�ola, para, por �ltimo, analizar su conexi�n con el cambio social y la crisis de las identidades de g�nero tradicionales. Lo que me interesa resaltar de todo ello es que, como sucede tambi�n en los medios de comunicaci�n o la pol�tica, muchas de las im�genes que circulan en el mundo laboral se asientan a�n sobre modelos tradicionales y tienden a estereotipar la actividad femenina en funci�n de ellos, por tanto, funcionan como un poderoso factor de discriminaci�n laboral, dificultando la contrataci�n femenina y la promoci�n a puestos de responsabilidad.

 

1.- Como he dicho, vamos a ver en primer lugar las categor�as o im�genes femeninas que establece el discurso masculino, una vez que se ha alejado del sexismo inhibido que lo caracteriza inicialmente (Mart�n y Callejo, 1995):

 

 

A) La mujer madre dedicada al hogar

 

            Su presencia, aunque no siempre se hace expl�cita en el discurso, es muy importante ya que encarna el prototipo de mujer  mediante el que se periodiza la vida laboral de todas las mujeres (hasta que se casan, hasta que tienen hijos, etc.), y a partir del cual se perciben otros comportamientos femeninos como desviaciones o degeneraciones de ese modelo.

 

B) La mujer madre que trabaja para ayudar al marido

 

            Esta categor�a subsume a aquellas mujeres que en el discurso masculino aparecen como no promocionables, �las que se autoexcluyen�, "las que no llegan". Son las que se �autoeliminan� porque conceden prioridad a los hijos o al hogar. As�, pese a ser v�lidas profesionalmente, o abandonan su carrera o no se dedican suficiente al trabajo, seg�n lo entienden los varones. Son vistas como trabajadoras mediocres, porque se considera que su objetivo central sigue siendo el hogar. Su prototipo es la secretaria, la mujer t�picamente subordinada al var�n dentro del �mbito laboral.

 

C) La mujer en puestos de responsabilidad laboral

 

            Las mujeres que llegan a puestos de poder en el mundo laboral aparecen habitualmente en el discurso masculino caracterizadas como seres "carentes": de hijos, de compa�ero sentimental; mujeres sin nadie que las quiera o de quien cuidar que subliman su carencia con el trabajo. Si se admite su capacidad profesional, se las suele percibir "virilizadas" y como espec�menes raros que "irrumpen" en el espacio masculino (laboral), en el que son mal recibidos. Junto a este arquetipo primordial, aparece otra imagen de la mujer directiva que, en vez de negar su feminidad, niega su profesionalidad: frente a las �duras� �las virilizadas-, aparecen las �blandas�, las que son incapaces para el mando y carecen de autoridad porque no dan el m�nimo profesional; entre �stas adquiere una especial relevancia la imagen de la seductora sin profesionalidad que ha usado �sus armas� para ascender[15].

 

2.- En segundo lugar, ve�mos las estructuras valorativas y actitudinales sobre las que se asientan esas im�genes centrales, c�mo el discurso masculino deslinda entre lo que entiende por "natural" y lo que considera su degeneraci�n.

La mujer madre dedicada al hogar ocupa el lugar de lo natural en ese discurso. Esto queda reflejado cuando los varones dicen que criar a los hijos, atender la casa y cuidar del marido "es lo suyo" (de las mujeres). La mujer madre sin actividad extradom�stica y el var�n trabajador, ausente de casa, forman la pareja percibida como natural, incluso por colectivos de alto nivel socio-profesional, lo cual evidencia lo profundamente arraigadas que est�n a�n las identidades tradicionales de g�nero[16].

Mujer y trabajo fuera de casa, o la mujer madre que trabaja para ayudar al marido, es una combinaci�n vista como una elaboraci�n cultural reciente en el tiempo hist�rico, de la que el var�n participa en forma ambivalente. El hombre, como pareja valora positivamente la ayuda econ�mica, los mayores conocimientos de la mujer pero, como compa�ero laboral de otras mujeres que trabajan fuera del hogar, enfatiza su falta de dedicaci�n y la responsabiliza de su escasa o nula promoci�n; argumento masculino que, al descalificar a la mujer trabajadora, permite mantener impl�citamente la frontera establecida entre distintos espacios y tipos de actividades (el p�blico o laboral, del var�n; y el privado, dom�stico, de la mujer). As�, se acepta que el var�n �ayude� en el �mbito familiar y la mujer �ayude� en el laboral, y, por tanto, se la acepta bien en los papeles en los que trabaja de ayudante del var�n (enfermera, secretaria, etc.); pero el propio t�rmino �ayudar� pone de manifiesto que no hay integraci�n real de un g�nero en el espacio atribuido socialmente al otro.

Por �ltimo, la mujer en puestos de responsabilidad representa claramente para los varones un artificio: una degeneraci�n de lo natural, de la mujer madre. La dificultad para aceptar su identidad espec�fica lleva, como hemos visto, a representarla negando algunas de sus capacidades �o bien su profesionalidad o bien su feminidad.

                         

3.- En tercer lugar, vamos a comentar algunos aspectos de la realidad sociolaboral espa�ola que permiten entender un poco mejor las demoledoras im�genes que sobre todo los varones tienen de la mujer trabajadora. Empecemos por ver c�mo se definen a s� mismas las mujeres espa�olas, porque la definici�n subjetiva que hacen los actores sociales de una situaci�n �y lo mismo vale para el discurso masculino- es parte esencial de la misma.

Las espa�olas se perciben y autoidentifican en funci�n en dos rasgos b�sicos, de una doble identidad que recoge tanto lo profesional[17] como lo materno-familiar (si bien no la identificaci�n con las tareas dom�sticas). Compatibilizar estas dos facetas de su identidad es la principal dificultad que encuentran las trabajadoras, pero, aunque suponga una �lucha� y �sacrificio� permanentes, lo prefieren a la situaci�n del var�n cuya identidad perciben m�s limitada por estar �monocordemente� centrado en el trabajo.

Adem�s, son perfectamente conscientes de que a ellas se las percibe gen�ricamente a partir de una �nica faceta de su identidad: la materno-familiar. Ser mujer y madre es una mala posici�n frente al mercado y saben que s�lo se les admite una identidad profesional si o bien renuncian a lo familiar o siguen ocup�ndose del hogar aunque trabajen fuera. (Tanto en la pol�tica como en el medio laboral, uno de los principales problemas para las mujeres es que la disponibilidad temporal al trabajo y la responsabilidad dom�stica se perciben como aspectos contradictorios s�lo en el caso de la mujer porque para el var�n los t�rminos se invierten y el estar casado o tener hijos deja de ser visto como tener �cargas� para pasar a contemplarse como elementos que facilitan la estabilidad y, en tanto tal, la disponibilidad hacia la empresa[18]. Y aunque hoy la maternidad es un hecho extraordinario en la vida de una mujer �dada la baja tasa de natalidad en Espa�a- todav�a sirve para definir su identidad total y discriminarla, tenga hijos o no los tenga).

           

En las im�genes presentadas por los hombres, las mujeres -particularmente aquellas "no promocio�nables"- aparecen desempe�ando en el trabajo pr�cticas que se conciben como opuestas y pertenecientes a distintos �mbitos: las estrictamente laborales, que se consideran propias de los varones, y otras relacionadas con el �mbito dom�stico (llevar a los ni�os al m�dico, controlar el hogar por tel�fono, comprar comida, etc.).  Esta forma que tienen los varones de presentar la labor femenina, que sirve para desacreditar la capacidad de la mujer para ser una trabajadora eficaz, tiene que ver tambi�n con ese hecho innegable que es que la sociedad obliga a las mujeres a simultanear las tareas ligadas a sus diferentes �mbitos de actividad, como ya vimos. Por tanto, el que muchas mujeres tengan a menudo que estar pendientes durante su jornada laboral de las necesidades de su hogar, se presenta como la prueba irrefutable de su incapacidad para desempe�ar adecuadamente las tareas profesionales; as�, no s�lo se les obliga a compatibilizar tareas sino que se les penaliza por ello. (La visi�n social tan arraigada que hemos comentado en el punto 2., que plantea que las rutinas dom�sticas son "propias" o  "naturales" en las mujeres, que los hijos �son de las madres�, -como remachan los varones a la vez que arguyen que ellos �no pueden dar de mamar�-, o que la promoci�n �y �qu� decir de la ambici�n!- es un objetivo femenino "impropio", es un potente pero sutil mecanismo de penalizaci�n y discriminaci�n de todas las mujeres).         

Veamos ahora qu� pasa con la mujer con poder, aquella que los varones perciben como una degeneraci�n del modelo m�s valorado y aceptado socialmente �la madre dedicada al hogar-.

Aunque no es una percepci�n exclusivamente masculina, son los varones los que en mayor medida tienden a percibir a la jefa disociando su identidad: O es mujer, pero carece de profesionalidad porque ha ascendido gracias a sus armas femeninas, o no es mujer, no es femenina, porque le faltan lo que tradicionalmente se consideran rasgos propios de la feminidad. Como hemos dicho, su imagen es la de un ser carencial -�sin� familia o relaciones afectivas-; que exhibe aspectos y modos masculinos �tiene �bigote�- cuando no desp�ticos �es �mandona�, �sargento�-; una mujer que ha dejado de ser mujer �un �especimen�-, y que es peligrosa ��con garras�-.

Pero tambi�n esta percepci�n masculina, que o desprofesionaliza o desfeminiza, tiene su correlato en algunos hechos reales, aunque distorsionados por los varones. Por ejemplo, es verdad que entre las directivas hay m�s mujeres solteras o divorciadas, o con un menor n�mero de hijos que en otras categor�as laborales femeninas, pero estos aspectos tienen que ver con el nivel de estudios que tiene una mujer, su clase social, etc. y, por supuesto, con la dificultad que existe en nuestro pa�s para conciliar carrera profesional y familia. Es cierto tambi�n que muchas desempe�an su trabajo de manera similar a sus pares varones, pero esto no es ajeno a una cultura laboral que exige de la mujer que aspire a mandar o tenga mando que se masculinice, que desarrolle algunos valores masculinos[19], que se comporte como un var�n, sobre todo si tiene que mandar a hombres; y, por �ltimo, si las mujeres con poder son un especimen raro es porque hay pocas[20], porque existe un �techo de cristal�[21] en las organizaciones laborales que las mujeres dif�cilmente pueden traspasar y en cuyo mantenimiento tiene un importante papel el discurso masculino que venimos analizando.

 

4.- Hemos visto algunos ejemplos �hay muchos otros- de la relaci�n entre percepci�n masculina y realidad sociolaboral, pero si esa percepci�n distorsiona la realidad, pues desfeminiza o desprofesionaliza, por tanto, disocia la identidad espec�fica de las mujeres que tienen puestos de direcci�n, es fundamentalmente por la dificultad -la resistencia- que tienen sobre todo los hombres para asumir el r�pido proceso de cambio social en el que estamos inmersos; un proceso que desdibuja las identidades de g�nero tradicionales y la divisi�n de espacios y roles sobre las que se fundan.

Y esta divisi�n de roles y espacios,  muy vigente a�n en el discurso y la mentalidad masculina, es la que lleva a muchos varones a percibir el acceso de la mujer al �mbito laboral como una invasi�n de lo que conciben como �su� territo�rio. Terreno del �xito, en el que la mujer puede participar siempre y cuando no asuma el papel protagonista; mientras salga de �su� espacio (dom�stico) con el �nico fin de apoyar la econom�a familiar.

Cosa diferente es la mujer directiva, con poder; esa intrusa que irrumpe, que invade un terreno que no le pertenece. Si los varones tienen tal dificultad para aceptarla es porque la mujer que llega a �su� territorio pone en solfa su propia identidad al aparecer en el espacio que la sociedad les ha adjudicado tradicionalmente y mostrarse capaz de desempe�ar los roles en los que se basa su identidad social, y para los que han sido socializados desde ni�os. Desde este punto de vista, la existencia de la mujer directiva desmorona muchas de sus certezas existenciales b�sicas y muchos varones se sienten �anulados� cuando el poder lo ejerce una mujer; consecuentemente, la crisis masculina est� servida[22].

 

Luis Bonino, Director del Centro de la Condici�n Masculina, ha estudiado c�mo est�n reaccionando los varones espa�oles ante el cambio femenino y ha colegido que son poco m�s de un 30% del total los que se muestran abiertos a los cambios femeninos, y s�lo la mitad de �stos los decididos a apoyar activamente dichos cambios. Otro tercio de la poblaci�n masculina ser�a claramente contraria a los cambios; se trata de aquellos varones con actitudes cercanas al machismo tradicional  o paternalistas, que se muestran airados frente a lo que consideran un ataque a "lo establecido" y se sienten v�ctimas de una afrenta a su identidad viril (una actitud que entronca con la masculinidad tradicional que tiende a ver las relaciones de g�nero como dominaci�n). Por �ltimo, el tercio restante estar�a compuesto por los varones ambivalentes ante el cambio. En algunos predomina el acuerdo, en otros el desacuerdo; frecuentemente est�n en crisis frente a la vivencia de p�rdida de lugar, de vac�o. A menudo, se muestran inseguros y ansiosos pues no desean ser varones tradicionales, pero tampoco les satisface en demas�a lo nuevo. Por ello tienden a sentirse desorientados, paralizados o incomprendidos y se angustian frente al cambio de las mujeres a las que no pueden ya controlar. (Bonino, 1994, destaca que se est� produciendo un aumento de los varones favorables a los cambios, aunque muy lentamente).

 

 

La necesidad de cambiar las identidades tradicionales de g�nero

 

Ahora bien, yo quisiera apuntar que el cambio de las identidades tradicionales es tambi�n dif�cil para algunas mujeres, muchas de las cuales se resisten �conscientemente o no- a compartir �su� territorio y algunas tareas que consideran consubstanciales a su identidad, como la responsabilidad sobre los hijos o algunas labores dom�sticas. El �quita, quita, que ya lo hago yo�, dicho de manera despectiva al var�n que intenta realizar una tarea t�picamente femenina, supone una descalificaci�n similar a la que realizan los varones en el campo laboral cuando dudan de la capacidad de una mujer para desempe�ar tareas habitualmente masculinas. Como los modelos sociales a�n se mantienen con fuerza, para todos es dif�cil aceptar que el otro g�nero tenga las cualidades necesarias para desempe�ar los roles atribuidos tradicionalmente al nuestro.

Si la mayor�a de las mujeres llevamos muchos a�os intentando ajustarnos al cambio social y propiciarlo, e, incluso, algunas luchando activamente por modificar esa identidad subordinada que se nos ha venido adscribiendo socialmente, a�n los cambios en la identidad social masculina no se han producido. Y desde mi punto de vista tiene que haberlos porque la divisi�n sexual del trabajo y la ideolog�a patriarcal tambi�n constri�e a muchos varones.

Creo que hay que proceder a una revisi�n de la identidad masculina tradicional que permita a los varones expresar sus emociones, sus inquietudes y su ternura[23]; hay que darles la posibilidad de una mayor participaci�n en las actividades de maternaje para facilitar la expresi�n de esa ternura y una relaci�n m�s estrecha con los hijos, como la que tienen actualmente muchos padres j�venes[24]. Tambi�n hay que valorizar el trabajo dom�stico y a quienes lo desempe�an.

Hay que lograr que el papel del hombre dentro del hogar se vea de forma normalizada para que muchos m�s varones puedan realizar tareas tradicionalmente femeninas o quedarse al cuidado del �mbito dom�stico sin ser menospreciados socialmente, pues, por el momento, aquellos/as que se salen de los comportamientos tradicionales y rompen la r�gida divisi�n de espacios son penalizados: son percibidos/as como �especimenes�, como alguien que no pertenece del todo a su g�nero. No s�lo hay que recordar el caso de la mujer con poder, tambi�n la "desvirilizaci�n" y el descr�dito con que es visto por muchos hombres y algunas mujeres el var�n que desempe�a actividades laborales tradicionalmente femeninas, como los �azafatos� o los �asistentos�� a los que se ve como poco masculinos, como afeminados-, o a los varones que se quedan a cargo del hogar, a los que se percibe como unos �acomplejaditos� y unos �hist�ricos�, visi�n que comparten incluso algunas mujeres.

 

Por tanto, para lograr una personalidad equilibrada y sana y una sociedad m�s igualitaria es necesario que los roles de g�nero se contemplen con una mayor apertura e incluyan aspectos atribuidos tradicionalmente a la identidad de uno y  otro g�nero; el que esto no sea as� influye en muchos problemas sociales que nos preocupan a todos.

Por ejemplo, la rigidez en entender los atributos de la identidad masculina y femenina es uno de los aspectos que subyace al problema de los malos tratos dentro de la familia. Est� comprobado que los varones agresores son profundamente tradicionales y creen en la supremac�a masculina en todos los roles[25] (aunque ellos en el fondo se sientan inferiores y tengan muy baja autoestima �esta es la raz�n de lo incuestionable de su autoridad, por lo que no soportan el menor atisbo de independencia en su mujer). Y aquellas mujeres agredidas que se consideran culpables de la situaci�n de maltrato (un 26% seg�n Mart�nez Ortiz, 2001) son las m�s tradicionales tambi�n en cuanto al hogar, la familia y los roles femeninos.

Como consideran algunos autores, la virilidad tradicional es un factor de riesgo para la salud, no s�lo para las mujeres y los hijos�por los malos tratos- sino tambi�n para los propios varones. El miedo a parecer d�bil y a perder la estima del grupo masculino puede conducir a los hombres a ponerse en situaci�n de riesgo y tener accidentes incluso mortales (de conducci�n, en el trabajo, etc.); de tal forma que estas situaciones producen tasas de morbimortalidad que deben ser entendidas en relaci�n con las formas sociales de encarnaci�n de la identidad masculina (Otegui, 2000)[26].

 

 

Pero volviendo al punto inicial, e intentando responder a esa pregunta que yo formul� sobre si se discrimina a las mujeres o ellas �autolimitan� su participaci�n en el espacio p�blico, es conveniente recordar que antes de que la mujer llegue al mundo del trabajo, o sea consciente de mensajes televisivos o pol�ticos, ya sabe que s�lo puede y debe aspirar a un �segundo lugar�[27]. Y lo sabe porque todo su proceso de socializaci�n est� mediado por peque�os detalles que, desde los cuentos infantiles a las expectativas escolares y familiares, recuerdan constantemente a la ni�a que no es la protagonista, y que es mucho m�s dependiente que el var�n.

 

Evoquemos ahora ese proceso de socializaci�n primaria mediante el que, ya antes de nacer, hay unas expectativas sociales y familiares diferentes sobre c�mo debe ser el beb� si nace ni�a o ni�o. Un proceso de socializaci�n que se va acentuando seg�n se desarrolla el beb�, y en el que a las ni�as se las protege m�s desde el principio. Estudios hechos por la OCDE (1987) plantean, aunque no de forma concluyente, que las ni�as reciben m�s calor y afecto pues tanto la madre como el padre mantienen relaciones m�s estrechas f�sicamente con ellas durante toda la infancia. Las ni�as tambi�n reciben menos castigos corporales, est�n m�s protegidas y mimadas; en cambio, a los ni�os se le propicia una mayor autonom�a, riesgo y fortaleza f�sica. Incluso se dice que a las ni�as se les habla m�s, lo que lleva a preguntarse a algunos autores hasta qu� punto las capacidades verbales �y motoras- son innatas. De hecho, seg�n la socioling�ista norteamericana Deborah Tannen (1990), a las ni�as se les ense�a a hablar propiciando un consenso, mientras que los ni�os reciben una educaci�n que promueve la idea de jerarqu�a, a la vez que se les ense�a a no mostrar las debilidades y a saber dar �rdenes.

Incluso los cuentos infantiles tienen su influencia en este proceso. En ellos, la mayor�a de las mujeres son madres o esposas o criaturas imaginarias -brujas, hadas-; y existe una mayor diferenciaci�n de roles entre los protagonistas varones, aunque se trate de cuentos de animales. Cuentos de hadas que hasta no hace mucho nos ense�aban que "ya llegar� mi pr�ncipe", fomentando una dependencia y un mensaje impl�cito: las ni�as no son nunca las protagonistas. Y dej�moslo aqu� porque todos conocemos, por ejemplo, la influencia de los juguetes en este proceso de socializaci�n primaria.

Seg�n estos planteamientos, la identidad femenina se ir�a forjando desde la infancia en torno a esa mayor protecci�n y relaci�n continuada con los otros. Algunas autoras, principalmente feministas de orientaci�n psicoanal�tica como Chodorow (1988), piensan que, al no producirse una ruptura radical con la madre, la ni�a, luego adulta, tiene un sentido de s� misma, una identidad que tiene mayor continuidad con los dem�s; es lo que otros autores definen como un �yo relacional�. En cambio, los ni�os varones obtendr�an un sentido de s� mismos basado en el rechazo radical de su apego original a su madre: la masculinidad surgir�a de la ruptura de la dependencia de los otros y tendr�a como consecuencia el miedo a establecer relaciones estrechas con alguien por considerarlo una forma de debilidad �si bien, parad�jicamente, los hombres no temen depender de las mujeres en el cuidado de su hogar-; esta situaci�n originar�a lo que Chodorow llama �inexpresividad masculina�.      

Y qu� decir de la escuela que, pese a ser la instituci�n m�s igualitaria, propicia la interiorizaci�n de un curriculum oculto del que ser�an expresi�n las asignaturas diferentes para uno y otro g�nero (econom�a dom�stica, bordados, trabajos de taller, etc.); la poca valoraci�n de la experiencia femenina en los ejemplos que se usan en clase; el estimular m�s la lectura en las ni�as y las matem�ticas en los ni�os; el que a ellos se les ense�e a ser m�s competitivos o activos y se les permita m�s rudeza que a las ni�as, etc.; no es de extra�ar, por tanto, que las ni�as acaben eligiendo profesiones y estudios tradicionalmente femeninos y menos ambiciosos, aunque ellas estudien m�s, saquen mejores notas, o repitan menos, como pasa en nuestro pa�s.

Tambi�n durante la segunda infancia y la adolescencia se les exige a las ni�as una mayor dependencia de la familia: aunque los padres espa�oles dicen que socializan igual a ni�os y ni�as, reconocen que a ellas las cargan en mayor medida con tareas dom�sticas, las obligan a volver antes a casa, les dejan dormir fuera menos veces que a los chicos, aunque, eso s�, les permiten hacer m�s fiestas en casa, quiz�s para que encuentren antes al pr�ncipe azul.

Aunque afortunadamente estos comportamientos est�n modific�ndose, todav�a a las ni�as se las cuida y protege m�s desde el principio y, con este temor, se siguen limitando impl�citamente sus movimientos y ense��ndolas que deben permanecer dentro del �mbito familiar donde est�n protegidas.

Y estos primeros mensajes, absorbidos muchas veces de manera inconsciente y a trav�s de peque�os detalles, se refrendan permanentemente a trav�s de la socializaci�n permanente que realizan los medios de comunicaci�n, o a trav�s de los mensajes e im�genes que  se difunden desde el �mbito de la pol�tica o el mundo laboral;  mensajes que dificultan el acceso de la mujer al espacio p�blico y la mantienen relegada a un lugar social secundario, funcionando, por tanto, como una forma de violencia simb�lica que se ejerce sobre las mujeres[28] y sobre el cambio femenino.

Y todo este proceso va influyendo en la imagen que tienen las mujeres de s� mismas y en la autoestima femenina pues la presi�n que ejercen los estereotipos sobre las mujeres no s�lo afecta a su relaci�n con los dem�s, si no que adem�s influye en c�mo una mujer se ve a s� misma y cobra conciencia de su identidad. Y, en tanto tal, afecta a lo que hace y �elige�.

           

Quiz�s ahora comprendamos mejor porqu� algunas mujeres se �autolimitan� a la hora de alcanzar algunas metas. Que tiendan a interiorizar y est�n predispuestas a encarnar las posibilidades y limitaciones externas, a adaptarse subjetivamente a unas condiciones que las discriminan y, con ello, reproduzcan su situaci�n social subordinada. Y que lo hagan, por decirlo con las palabras del soci�logo franc�s Pierre Bourdieu, �por esa especie de sumisi�n inmediata al orden que inclina a hacer de la necesidad virtud, es decir, a rehusar lo rehusado y querer lo inevitable� (1991).

 

            Mi conclusi�n es, por tanto, que porque las discriminan, algunas se �autolimitan�.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1] Adem�s, existe una enorme desconsideraci�n social hacia el trabajo dom�stico, quiz�s porque no es una actividad remunerada y no forma parte de las actividades consideradas productivas por indicadores como el PIB. Esta desconsideraci�n se plasma a menudo en la presentaci�n que se hace de quienes lo desempe�an �la imagen de la �maruja� como ejemplo de escasas inquietudes y formaci�n intelectual-, desvalorizaci�n que dificulta la implicaci�n y responsabilizaci�n de los varones.

 

[2] Recu�rdese al valorar las posibilidades de este medio que los/as espa�oles/as pasan frente a la televisi�n 3 horas y media diarias, lo que s�lo es superado por turcos, brit�nicos e italianos, por este orden. La TV se ve m�s en Andaluc�a, Extremadura y Castilla-La Mancha y sobre todo en zonas rurales; la ven algo m�s las mujeres que los hombres, aunque tambi�n ellas leen m�s libros y revistas diariamente que los varones.

[3] Sin que esto suponga que la mayor�a de la poblaci�n se sienta satisfecha con la imagen que difunden los medios de comunicaci�n de las mujeres. En general las menos satisfechas son las personas m�s j�venes, las de mayor nivel educativo y quienes se definen de izquierdas.

3 Veamos una contraposici�n habitual entre modelos �Lo m�s grave de un anuncio de detergentes no es que no informe de sus cualidades, ni de nada en realidad, o que oculte que es contaminante o hasta abrasivo: es que la se�ora que lo usa parece feliz, y est� bien peinada, y tiene un piso luminoso, y merece el cari�o de los suyos..., mientras que la que no lo usa es un desastre, tiene la cocina hecha un asco o es, pura y simplemente, un fracaso como `se�ora�� (P�rez Mill�n, 2001)

[5] No obstante, en general la actividad profesional de la mujer aparece menos definida frente a una mayor concreci�n de la figura masculina.

[6] Si bien, los expertos se�alan que se est�n produciendo algunos avances como empezar a darle importancia a la inteligencia junto a la belleza, tratar la sexualidad femenina, o realizar anuncios destinados a los j�venes donde se presenta a la mujer de forma m�s igualitaria como los anuncios que muestran pandillas de muchachos y muchachas.

[7] Por ejemplo, en el mundo laboral existen algunas formas sutiles de degradar a las mujeres a trav�s del lenguaje como es negarles el tratamiento de respeto -ellos son "el Sr. Mart�nez", y ellas "Mari Pili" o "las ni�as".

[8] A la hora de entender este salto cuantitativo habr�a que considerar otros factores explicativos como el reclutamiento centralizado �realizado por las elites del partido que tienen m�s nivel educativo y est�n, por ello, m�s abiertos a la incorporaci�n de mujeres- y el sistema electoral proporcional frente al mayoritario; para un an�lisis m�s detallado de estos factores, v�ase Elizondo, 1997.

[9] Hay que recordar que la poblaci�n espa�ola en general se caracteriza por elevados niveles de despolitizaci�n, falta de informaci�n y sentimientos de distancia respecto de los objetivos pol�ticos; hay una identificaci�n muy d�bil con las �lites pol�ticas y las instituciones debido a la desconfianza hacia los pol�ticos y sus intenciones; por su parte, las cohortes m�s j�venes son ideol�gicamente m�s moderadas y, aunque conceden una mayor legitimidad al r�gimen democr�tico, se interesan menos por la pol�tica.

[10] En general, la Comunidad Aut�noma de Extremadura tiene una representaci�n femenina media-alta en todos estos �rdenes institucionales, menos en el n�mero de alcaldesas.

[11] En 1990 los/as espa�oles/as mostraban de manera m�s directa sus prejuicios: un 36% consideraba que a la hora de votar inspira m�s confianza un candidato var�n; un 26% atribu�a el problema a la propias mujeres al no considerarlas preparadas para la pol�tica; y finalmente un 20% dec�a que la pol�tica no es cosa de f�minas (Cruz y Cobo, 1991).

[12] Seg�n datos de 1996. As�, frente a la idea de que el problema es de la oferta -del capital pol�tico y la motivaci�n de los/as candidatos/as-, los/as diputados/as se�alan al efecto que tiene la demanda, o sea,  la actitud de los seleccionadores en este problema.

[13] No obstante, como se sabe, esta tasa representa casi la mitad de la masculina (63�3%); la tasa de paro femenino (22�4%) es el doble de la masculina (10�8%), y la de ocupaci�n (30�4%) es casi la mitad de la de los varones (Instituto de la Mujer. Espa�a se sit�a, adem�s, en el tercer peor puesto en tasa de ocupaci�n de mujeres entre los pa�ses de la OCDE, s�lo por encima de Turqu�a y empatada con Italia.

[14] Estas im�genes han sido extra�das de un conjunto de investigaciones en las que he tenido ocasi�n de participar (v�ase, por ejemplo, Mart�n y G�mez, 1996; G�mez y Prieto, 1999; o Feito, G�mez y Sogel, 2001, entre otras). Estas investigaciones se han centrado sobre todo, aunque no exclusivamente, en el discurso masculino y se han realizado aplicando m�todos cualitativos de investigaci�n social, una de cuyas virtudes es facilitar la espontaneidad en las manifestaciones de los individuos y el uso de su propio lenguaje; la mayor�a de las expresiones entrecomilladas que vamos a se�alar en este apartado provienen de dichas investigaciones.

[15] Im�genes femeninas que tienen en com�n dos rasgos estrechamente relacionados: la incapacidad para el mando y la debilidad; y, si incluso a las que se califica de �duras� se las ve d�biles, es porque esa debilidad es bien real: deriva de la falta de prestigio y autoridad social de las mujeres.

[16] El 40% de la poblaci�n espa�ola piensa que la mujer no debe trabajar cuando a�n hay ni�os que no tienen edad para ir a la escuela, y s�lo un 16% ve positivamente que tenga un empleo a tiempo completo en estas circunstancias (CIS, 1997). La desvalorizaci�n que se realiza de las madres que dejan los cuidados de los ni�os m�s peque�os en manos de padres, abuelos o guarder�as pesa como una losa sobre la autovaloraci�n de estas mujeres que se sienten muy a menudo �malas madres�.

 

[17] Las mujeres espa�olas quieren trabajar, y el principal motivo que esgrimen para hacerlo es obtener unos ingresos que les concedan libertad e independencia. Igualmente, valoran la posibilidad de tener relaciones sociales fuera del estricto �mbito familiar y la necesidad de sentirse �tiles (aportar a la sociedad su esfuerzo y sus conocimientos). (Tambi�n la mayor�a de las mal llamadas �amas� de casa quieren trabajar fuera del hogar pero no encuentran empleo o no est�n dispuestas a soportar la precariedad y las malas condiciones laborales de los que les ofrecen; G�mez y Prieto, 1999).

[18] V�ase Feito, G�mez y Sogel (2001) donde se sostiene la idea de que la disponibilidad es, en gran medida, una capacidad que est� en funci�n de la confianza que el/la candidato/a despierte previamente en quien tiene la capacidad de seleccionar y promocionar, y c�mo esa confianza parece estar claramente mediada por el g�nero del/la aspirante.

 

[19] Las empresas espa�olas, al menos las grandes de sectores laborales m�s tradicionales, todav�a no valoran ese conjunto de habilidades directivas que se ha definido como liderazgo transformacional y que se ha atribuido en mayor medida a las mujeres. El modelo de mando sigue siendo masculino (v�ase G�mez, Mart�n y Callejo, 2000), de manera que demostrar el compromiso con la organizaci�n exige disimular cualquier atributo `femenino', y abrazar los comportamientos y caracter�sticas varoniles, aunque luego se penalice a las mujeres por hacerlo.                       

[20] Valga como ejemplo el dato de que en el a�o 2000 solamente hab�a un 0�71% de mujeres como presidentas, consejeras delegadas y directoras generales en las 1000 principales empresas de la econom�a espa�ola (Actualidad Econ�mica, abril-mayo, 2000).

[21] Expresi�n que hace referencia a la dificultad que existe para que las mujeres, pese a su cualificaci�n y expertisse, accedan a los verdaderos puestos de poder. Un conjunto de sutiles mecanismos de discriminaci�n se encuentran en la base de esa dificultad, entre los que destaca la cooptaci�n de iguales por parte de los varones, especialmente para los primeros niveles laborales.

 

[22] Recu�rdese la profunda asociaci�n entre poder y autoridad y masculinidad en que se asientan nuestras sociedades, y que tambi�n ha mostrado Valc�rcel (1991).

[23] Lo que quiz�s les ayude a buscar la felicidad sin ambages. Como lo expresa Vicente Verd� �Un var�n contempor�neo parte con la traba de no sentirse liberado para ser del todo feliz. �La liberaci�n de la mujer? Poco a poco va a revelarse la formidable serie de prejuicios, subordinaciones, carencias, a los que se ve sometido el hombre. Cuando se proclama la liberaci�n de la mujer no se tiene demasiado en cuenta en qu� medida su liberaci�n libera al hombre. Bien, ellas han logrado en las m�mesis de modelos masculinos grados superiores de poder. Pero ahora llega el tiempo, frente a sus conquistas, de la otra conquista: la m�xima persecuci�n de la felicidad sin cuya potencia se es inferior siempre� (2001)

[24] En un 40-60% de los hogares j�venes espa�oles las actividades de maternaje las comparten padre y madre (Brullet, 1996). No obstante, si hoy puede hablarse de una cierta tendencia de cambio del perfil del joven padre es por su aproximaci�n relacional hacia sus hijos, pues esta tendencia se plasma mucho menos en la adquisici�n de nuevas habilidades y disposiciones para el trabajo dentro del hogar; de hecho la gran mayor�a de j�venes padres mantienen con el trabajo dom�stico una relaci�n similar a la de sus padres y abuelos: esperan ser servidos.

[25] La teor�a de Chodorow (1988) sobre c�mo la identidad masculina se construye a trav�s del rechazo a la fuerte relaci�n del ni�o con la madre, y, por tanto, el que los varones se construyan como �no femeninos� m�s que como masculinos, ayudar�a a explicar la mayor rigidez y el miedo que sienten muchos hombres a perder su imagen varonil si desempe�an tareas habitualmente atribuidas al otro g�nero o si los hijos o la esposa se rebelan ante su autoridad (Brullet, 1996).

[26] Hollway (1984) se�ala que la gama de comportamientos y actitudes dentro de los cuales una mujer puede actuar sin ser etiquetada de "marimacho", o sin que ella misma se sienta que es o que hace algo que corresponde a los roles del otro g�nero, es m�s amplia que la del hombre, en t�rminos de aceptabilidad social (las mujeres pueden ser mineros, jugar al f�tbol o fumar puros; pero est� mucho peor asimilado que un var�n borde manteler�as, haga la manicura, y se depile o maquille a diario).

[27] Una manera de saber qu� grado de prestigio ocupa un colectivo es conocer qu� valoraci�n social alcanza. En este sentido, la categor�a social m�s valorada por los/as espa�oles/as es la de los varones adultos y la que menos la de las mujeres ancianas; siempre las mujeres alcanzan un grado menos de valoraci�n que sus pares varones (CIRES, 1993). Y este aspecto es importante porque la poca valoraci�n social de un colectivo influye en c�mo se ven a s� mismos sus componentes y, por tanto, en su autoestima.

 

[28] Como dice Vicente Romano (1996), �La mujer no s�lo sufre violencia f�sica en esta sociedad generadora de angustias y discriminaciones. Por lo que a los medios de comunicaci�n se refiere la mujer es, m�s a�n que el hombre, v�ctima de la violencia simb�lica�. Violencia simb�lica o poder para imponer la validez de significados mediante signos y s�mbolos de una manera tan efectiva que los destinatarios se identifiquen con esos significados.  

 

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