Europa en la Encrucijada

D. Javier Pardo de Santayana y Coloma

1.     Introducci�n
El t�tulo que se me ha propuesto para esta charla, "Europa en la encrucijada", me parece adecuado para describir la situaci�n en que hoy se encuentra nuestro Continente. El t�tulo sugiere, en efecto, que Europa avanza y que el punto en el que, en su caminar, ahora se encuentra, es crucial para su f�turo y para el papel que ha de desempe�ar en el concierto internacional. He querido presentarles, con la mayor sencillez y, desde luego, con la mayor brevedad posible, una panor�mica de este momento que abarque, en una visi�n integradora, el contexto, la coyuntura, los prop�sitos, las opciones, los problemas, las amenazas y las esperanzas.

En principio, rescataremos la visi�n de ese torbellino que nos arrastra como consecuencia de los recientes ataques terroristas. Y es que, aunque siempre flie una realidad geogr�fica y, en cierto modo, una permanente aspiraci�n hist�rica, Europa es ahora, adem�s, una tarea para los europeos. �sta es toda una novedad, y requiere de nosotros una actitud din�mica y comprometida. Como ciudadanos pertenecientes a un �mbito moderno y democr�tico, no podemos ni debemos limitarnos a adoptar la actitud del observador critico, sino que, adem�s, debemos sentirnos part�cipes de esta fascinante tarea, y obrar en consecuencia.

Este caminar de Europa en busca de una utop�a se produce en un contexto universal de grandes cambios, y esta afirmaci�n no es exagerada; no es fruto de la fantas�a que suele adornar el comienzo de un nuevo milenio. El esquema bipolar, el enfrentamiento ideol�gico de �mbito mundial entre dos grandes bloques, ha desaparecido del panorama y, ahora, el rasgo predominante es una imparable globalizaci�n, fruto de la alta tecnolog�a, que nos ha ofrecido una nueva visi�n del mundo ("el peque�o planeta azul") y ha perfeccionado de tal modo las comunicaciones que ha reducido a m�nimos antes impensables las distancias y los tiempos. El ritmo de los procesos de relaci�n y de la misma vida ha sufrido una aceleraci�n espectacular que hemos de asumir e integrar en nuestras costumbres que, a veces, hace chirriar nuestras estructuras y hasta nuestros propios esquemas personales. En ese contexto, no aparece m�s que una verdadera gran potencia, los EE UU, que, sin embargo, no pueden ni quieren actuar aislados y, entonces, aceptan que surja una nueva potencia, s�lo en el terreno econ�mico, por el momento, que es la Uni�n Europea. Pero esto no es suficiente. A ra�z del inicio de la lucha antiterrorista tras los ataques sufridos por el coloso norteamericano el pasado 11 de septiembre, aqu�l comenz� una concertaci�n mundial, prueba de que, en un mundo globalizado, ante una amenaza globalizada, incluso los EE UU necesitan de los dem�s.

Tambi�n el pensamiento del hombre de hoy se ve influido por los adelantos tecnol�gicos, que nos revelan la interdependencia de los fen�menos hasta el punto de poner en entredicho el car�cter reductor de las f�rmulas al uso, cuya aplicaci�n no produce los resultados que la realidad nos ofrece porque peque�os acontecimientos dif�cilmente mensurables pueden dar lugar a grandes desviaciones en los procesos. Esta reflexi�n acaba por conducimos al reconocimiento de que la complejidad es el rasgo m�s caracter�stico de los tiempos que corren. No obstante, la complejidad es siempre un problema que el "hombre moderno" tiende a resolver desde una actitud de compatibilidad. Efectivamente, hoy, las relaciones humanas e institucionales tienden a establecerse por el di�logo, los choques de intereses se resuelven mediante el consenso y, en las relaciones internacionales, los planteamientos de confrontaci�n tienden a ser sustituidos por otros de cooperaci�n. Sin embargo, el avance exponencial del progreso material no siempre est� acompa�ado del progreso moral, y, adem�s, deja descolgada a una buena parte de la poblaci�n mundial, que es incapaz de seguir su ritmo. Este hecho, que genera un buen n�mero de problemas a corto plazo, resulta todav�a m�s grave a largo plazo; es m�s, est� creando una especie de bomba de relojer�a que puede obstaculizar la llegada de la futura paz mundial.

Por otra parte, aunque los esfuerzos econ�mico y humano en socorro de los menos favorecidos alcanzan unas dimensiones hasta ahora desconocidas, existen sectores automarginados del esfuerzo que se realiza en el �mbito democr�tico por lograr el perfeccionamiento del sistema, para protestar contra la globalizaci�n, algo que es como poner puertas al campo, ya que la globalizaci�n es una realidad imparable, fruto de un progreso que, bien orientado, puede y debe ser instrumento fundamental para eliminar las injusticias y desigualdades que ahora mismo se observan.

2.    La construcci�n del proyecto europeo.

El n�cleo principal de la tarea que tenemos entre manos es nada menos que la construcci�n de Europa; un reto verdaderamente colosal. De entrada, el proyecto europeo es original y abierto. Es original porque no se inspira en ning�n modelo conocido. Abierto porque, en realidad, no responde a ning�n modelo preconcebido. Quiz�s sea este audaz planteamiento la clave del �xito que se ha obtenido hasta ahora, puesto que tengo el convencimiento de que si se hubiese pretendido empezar por definir un modelo concreto, todav�a estar�amos intent�ndolo.

Adem�s, conviene que tomemos conciencia del coraje que demanda de los europeos el reto que nos hemos impuesto, en el que se avanza seg�n una f�rmula que combina sabiamente la utop�a con el pragmatismo. Pero, para poder calibrar lo que realmente vale el esfuerzo europeo y ponderar sus resultados dentro de un proceso que, como es natural, pasa, de vez en cuando, por periodos que pueden incitar al des�nimo, es conveniente se�alar el c�mulo de dificultades que se precipitaron de forma simult�nea sobre nuestro proyecto como consecuencia de la implosi�n del imperio sovi�tico y que nos situaron, as�, en una dif�cil encrucijada. De entrada, se plante� un problema de identidad: qu� ha de entenderse por Europa, cu�les deben ser sus limites geogr�ficos. Tambi�n se present� un problema de car�cter som�tico, ya que la Europa institucionalizada iba a ganar en tama�o y en variedad, y, con ello, en dificultades para la toma de decisiones eficaces y oportunas. Por otra parte, a sendos conflictos, vino a sumarse otro de car�cter psicol�gico: con la "ampliaci�n", entrar�an mentalidades muy alejadas de los par�metros democr�ticos propios de la Uni�n; de hecho, el mismo coraz�n de Europa, Alemania, considerada como su motor natural, empezaba a dar muestras de fatiga debido a los problemas generados por la reunificaci�n. Y, por si esto tuera poco, Europa incorpor� una grave enfermedad: el c�ncer balc�nico.

A pesar de la encrucijada que nos propone, o bien la ampliaci�n, o bien la profundizaci�n en el proceso constructivo, la Uni�n Europea ha optado por hacer ambas cosas. Por un lado, persiste en establecer un futuro que clarifique el papel de sus distintas instituciones, y eso lo hace a trav�s de la Conferencia Intergubernamental anunciada para el a�o 2004. Por otro lado, ya ha adelantado el reparto de representaci�n de los flitros nuevos miembros en sus instituciones. No obstante, Europa se inquieta, porque considera necesario dar impulso al proceso creativo m�s all� de los aspectos organizativos, que tan poco interesan al ciudadano de a pie. Y ya han surgido propuestas e iniciativas orientadas a dotar a la Uni�n de una especie de "alma" que refleje sus convicciones m�s profundas. Por ejemplo, la del presidente Chirac encaminada a redactar una Constituci�n europea, o la ya concretada de escribir una Carta de los Derechos de los Europeos.

No voy a entrar en filosof�as ahora, sencillamente, porque no tengo tiempo para ello, pero se entiende que, si creemos que el proyecto de Uni�n Europea responde a alguna realidad o exigencia de fondo, �sta debe ser su sinton�a con las ra�ces culturales, fraguadas en lo que nuestra convivencia tiene de aventura com�n: el pensamiento griego, la organizaci�n romana y el esp�ritu cristiano. Aun as�, de cuando en cuando, la excesiva burocratizaci�n propia de la prioridad dada a las cuestiones econ�micas en la fase inicial de creaci�n de la Uni�n ha hecho temer que este proyecto europeo perdiese conciencia de sus fundamentos y aspiraciones. De ah� que surjan, de vez en vez, iniciativas que tratan de impulsar una verdadera conciencia europea.

Los esfuerzos institucionales no suelen ser demasiado eficaces en este terreno. Pero ah� est� el papel de los intelectuales y de la opini�n p�blica. Yo creo que, casi sin advertirlo, los europeos nos vamos dando cuenta de los beneficios que nos proporciona la uni�n y del sentido �ltimo de esta nueva forma de convivir. Y vamos descubriendo nuestras afinidades y valorando nuestras diferencias, que pierden, poco a poco, sus aristas m�s conflictivas.

3.    El lanzamiento de la Europa pol�tica.

Europa ya ha avanzado un trecho considerable. Puede decirse que se ha recorrido el primer tramo, el de creaci�n de unos s�lidos fundamentos econ�micos, y que, ahora, en esta encrucijada, el tramo siguiente que hemos de recorrer es el de la creaci�n de la uni�n pol�tica.

No es infrecuente escuchar comentarios cr�ticos hacia Europa como consecuencia de su relativa incapacidad para actuar, bien en este terreno pol�tico, bien en el �mbito de la Defensa. Mas hemos de tener en cuenta que tal incapacidad tiene su origen fundamentalmente en la decisi�n tomada desde el principio por los padres del proyecto europeo, quienes se plantearon una estrategia basada en una sabia combinaci�n de utop�a y pragmatismo, seg�n la cual, empezar�amos por crear una s�lida base de uni�n econ�mica. Lo que hemos hecho hasta ahora, y con gran �xito, es crear esa base. Pero no pidamos peras al olmo.

Convertida Europa en una gran potencia econ�mica mundial, ha llegado el momento de crear la uni�n pol�tica; eso s�, aunque la base es firme, no creamos que la empresa resultar� f�cil. No lo fue la primera fase y tampoco lo ser� la segunda. Entretanto, sufriremos la contradicci�n de que, pol�ticamente, Europa no est� a la altura que demanda su capacidad econ�mica.

Somos conscientes de las dificultades que entra�a crear una uni�n pol�tica partiendo de tantas pol�ticas exteriores como pa�ses la componen. Aqu�, debe prevalecer el principio de subsidiariedad. Si mantenemos los Estados-naci�n, y, a tal respecto, no hay, por ahora, discrepancias fundamentales, debemos compaginar la acci�n individual de dichos Estados con una orientaci�n com�n, consensuada, de las l�neas generales de actuaci�n. No necesariamente en todos los campos y �reas geogr�ficas; basta con algunos determinados, en los cuales, se acuerde que es conveniente una actuaci�n convergente.

 

4.    La ampliaci�n.

Empezar� por decir que yo veo el proceso de ampliaci�n como una iniciativa encaminada a completar el proyecto europeo. De aqu� que, aunque lo utilice para entendernos, pues es la expresi�n habitualmente empleada, no me parezca demasiado adecuado este t�rmino de ampliaci�n, que sugiere, m�s bien, la idea de que la Uni�n pudiera tener unas pretensiones expansivas.

Inicialmente, la ampliaci�n nos caus� cierta perplejidad. Europa estaba satisfecha consigo misma; hab�a creado un espacio de paz donde, otrora, habitualmente reinaba la confrontaci�n. No olvidemos que las dos guerras mundiales y la llamada "Guerra Fr�a" se hab�an originado en su seno. Las fronteras se hab�an atenuado y se hab�an alcanzado altas cotas de progreso. La ca�da del Tel�n de Acero nos pon�a en una situaci�n en cierto modo m�s inc�moda.

 

Pero la ampliaci�n restaura la realidad de una uni�n europea con la entrada de pa�ses plenamente europeos que aportan recursos y variedad. Tambi�n es un acto de justicia. Desde el punto de vista de su defensa, Europa, con dicha entrada, gana en car�cter continental, frente al marcado car�cter mar�timo que presentaba durante la Guerra Fr�a, as� como en profundidad y en l�neas interiores.

La ampliaci�n afecta considerablemente a Rusia, que ve c�mo se acercan a ella las fronteras de otra gran potencia mundial. No obstante, esto es algo ya asumido por Mosc�, que no ha puesto objeciones, ni siquiera a la Europa de la Defensa. No le ocurre lo mismo con la Alianza Atl�ntica ni, ya en concreto, con la posibilidad de que se adhieran a ella los pa�ses b�lticos. Esto parece ser un trago excesivamente amargo para los rusos, pese a la capacidad de encaje que han demostrado en los �ltimos tiempos.

5.    La Europa de la Defensa.

Llegados a la encrucijada, y contrastada nuestra incapacidad con las exigencias de la realidad, se han producido ciertos titubeos en cuanto al camino que conviene seguir. El Tratado de Maastricht eligi� un proceso secuencial seg�n el cual se deber�a empezar por establecer una pol�tica exterior y de seguridad com�n, a la que seguir�a la definici�n de una pol�tica de Defensa tambi�n com�n, para crearla eventualmente. Un planteamiento exquisitamente l�gico. Sin embargo, la tozudez de la realidad ha trastocado el orden, al menos, aparentemente. La incapacidad demostrada por Europa en Kosovo aconsej� modificar el orden previsto, y el lenguaje de los pol�ticos evolucion�. Donde �stos dec�an: �no se puede pensar en una defensa com�n si no se ha definido previamente una pol�tica exterior y de seguridad com�n�, pasaron a afirmar: �no podemos pensar en tener una pol�tica exterior y de seguridad com�n si �sta no est� respaldada por una capacidad militar�. As�, adelantaron las acciones necesarias para poder contar con una fuerza militar a disposici�n de la Uni�n, y en ello estamos.

Conviene, en este punto, aclarar una cosa. La capacidad militar de la Uni�n se orienta a poder actuar con eficacia en las llamadas ''misiones tipo Petersberg", vulgarmente conocidas como "misiones de mantenimiento de la paz" o, simplemente, como "misiones de paz", aunque puedan abarcar desde la acci�n humanitaria (esas misiones de las que el antiguo Secretario General de la ONU, Dag Hammarskjold, dijo que no eran propias de los militares, pero que s�lo los militares pod�an hacerlas), hasta misiones de imposici�n de la paz. Todas ellas pueden evolucionar seg�n el curso de los acontecimientos; no pensemos, por tanto, que son misiones menores.

Pero lo que, en rigor, se conoce como defensa, es decir, en este caso, como la respuesta a una agresi�n a cualquier territorio de la Uni�n, seguir� siendo responsabilidad de la Alianza Atl�ntica. Y no puede ser de otra manera, pues no es concebible que una agresi�n a Europa no concite el inter�s directo de los EE UU, como tampoco se puede pensar que, en tales circunstancias, Europa desde�e el apoyo de sus aliados norteamericanos. Subsiste, empero, la cuesti�n de c�mo deber� actuar en el futuro, dentro de la Alianza, una Europa cuya capacidad militar corra pareja a su potencia econ�mica y pol�tica. Porque hemos de tener en cuenta que la dimensi�n de la defensa es necesaria para completar el proyecto europeo. No es concebible que Europa, como gran potencia, no se ocupe adecuadamente de defenderse. Europa, como gran potencia, es un gran negocio, una uni�n dotada de un enorme patrimonio. Quien no tenga patrimonio podr� no preocuparse por suscribir un seguro, pero quien lo tenga incurrir� en una grave irresponsabilidad si no lo hace. Mas, en este aspecto, lo fundamental es contar con la capacidad. Tengamos en cuenta que, al final, cada pa�s no tiene sino unas fuerzas armadas que habr�n de realizar las misiones que se les encomiende en cada caso, sean �stas del �mbito de la OTAN, sean del �mbito de la UE.

Yo soy de los que estima que la contraposici�n entre la Alianza Atl�ntica y la Europa de la defensa, como la que antes se estableciera entre aqu�lla y la Uni�n Europea Occidental, no s�lo es poco conveniente, sino tambi�n falsa. Toda mejora en el instrumento militar europeo redundar� en beneficio de la OTAN y viceversa. Los EE UU vienen clamando, desde hace mucho tiempo, por un reparto justo de las cargas dentro de la Alianza (burden sharing), y una buena respuesta a la Iniciativa de Capacidades de Defensa promovida por �sta ha de redundar necesariamente en una mejora de la capacidad militar que la UE busca con su Headline Goal, esto es, con el objetivo de fuerza europeo que la Uni�n considera necesario para cumplir adecuadamente sus misiones.

Hasta ahora, Europa se ha beneficiado del apoyo norteamericano y no ha asumido plenamente su responsabilidad. Pero ya no estamos en la Europa asolada de la posguerra. Ni siquiera estamos en las circunstancias de la Guerra Fr�a, cuando los europeos pod�amos abusar del inter�s norteamericano por la contenci�n del expansionismo sovi�tico. Estamos en una Europa pujante, estructurada, que reclama un puesto de gran potencia mundial.

6.    Europa ante la amenaza.

Cuando, el d�a 11 de septiembre, se produjo el incre�ble ataque terrorista a Nueva York y a Washington ante nuestros ojos asombrados, hubimos de replanteamos algunas cosas. La amenaza del terrorismo era algo conocido: el terrorismo internacional se citaba sistem�ticamente como uno de los "riesgos emergentes", y la literatura y el arte, especialmente la cinematograf�a, ya nos hab�an mostrado escenarios parecidos. Pero la osad�a con que aquellos ataques se produjeron, sus dimensiones catastr�ficas y su espectacularidad, nos transmitieron la impresi�n de que se hab�a abierto la caja de Pandora. Por eso hablamos no ya de riesgo, sino de amenaza. Por eso hablamos de guerra.

El terrorismo internacional, elevado a la categor�a de amenaza prioritaria, es una buena prueba de que, efectivamente, nos encontramos en una encrucijada. El gran cambio cualitativo consiste en que la amenaza-enemigo, pues �sta es su doble condici�n, tiene un car�cter global. No se trata de un pa�s, de una alianza de pa�ses, o de un bloque, sino que est� diseminada y no ofrece unas fronteras concretas. De aqu� que la respuesta haya de ser igualmente global. Por eso se apresuraron los EE UU a impulsar una concertaci�n de �mbito mundial. Por eso las Naciones Unidas lo han reconocido y tratado como una amenaza a la humanidad. La lucha ser� tan compleja como corresponde a los tiempos que vivimos, e incorporar� (ya est� incorporando) algunos escenarios en apariencia escasamente b�licos, como el financiero y el cibern�tico.

Algunos juzgar�n rid�culo que haya podido hablarse siquiera de un plan encaminado a establecer un escudo antimisiles cuando la acci�n terrorista se ha revelado como un procedimiento de uso m�s probable y, desde luego, infinitamente m�s barato que cualquier misil o carga nuclear. Tambi�n habr� quienes se planteen cu�l es la necesidad del armamento pesado, o incluso de las mismas fuerzas militares, a la vista de los recientes acontecimientos. Pero tambi�n se ridiculiz� al presidente Bush cuando vino a Espa�a y habl� del peligro que entra�aba el terrorismo. Y es que el verdadero mensaje que se nos anunci� con el sorprendente ataque al Pent�gono y a las Torres Gemelas es que debemos estar preparados para cualquier tipo de riesgo o de amenaza. Por consiguiente, lo sucedido no desacredita, sino que m�s bien justifica cualquier programa que responda a una posibilidad cierta, por improbable que pueda parecernos.

El papel de Europa ha de ser muy importante en el pr�ximo futuro. Si los EE UU acudieron en defensa de Europa en las dos primeras guerras mundiales (e incluso en la tercera, si as� calificamos a la Guerra Fr�a), parece l�gico y justo que Europa, ahora, acuda generosamente en defensa de los EE UU. Adem�s, estando Europa de acuerdo con los EE UU, y tambi�n con la mayor parte del mundo, en que el terrorismo es una amenaza para toda la humanidad, est� tan interesada como cualquiera en erradicarlo lo antes posible. Y, en gran parte gracias a Espa�a, es la regi�n del mundo que puede estar mejor preparada para hacerlo, pues, a partir de la cumbre de Tampere, propiciada por iniciativa espa�ola, se est� creando un espacio judicial com�n mediante el establecimiento de medidas que agilizan la acci�n y eliminan los recovecos en los que se esconden y protegen los terroristas.

La alianza defensiva entre los EE UU y Europa adquiere tanta o m�s importancia que la que tuvo durante la Guerra Fr�a. Necesitado, como est�, el mundo de paz, el amplio espacio euroatl�ntico se perfila como un �mbito irradiador de estabilidad. Ahora mismo, ante la necesidad de crear una concertaci�n mundial estable para erradicar el terrorismo, la asociaci�n entre Norteam�rica y Europa, adem�s de constituir una masa cr�tica para hacer cristalizar sobre ella un acuerdo generalizado, facilita enormemente la adhesi�n de determinados pa�ses reacios a responder exclusivamente al "liderazgo" de los EE UU.

 

7.    Europa como modelo.

La aventura europea, si es coronada por el �xito, como todos esperamos, puede constituir un modelo para otras regiones del mundo, como la iberoamericana. Supone la creaci�n de un espacio de paz y seguridad irradiador de estabilidad; de un espacio de progreso y de respeto a los valores de convivencia asumidos, al menos, te�ricamente, por la comunidad internacional, seg�n los principios bendecidos por las Naciones Unidas. Supone, tambi�n, el reconocimiento de que es posible la utop�a, y de que, para alcanzarla, conviene avanzar pragm�ticamente. Requiere, claro, ciertas dosis de renuncia, y, con ello, entramos en un territorio inefable, que es el de las actitudes humanas. Adem�s, requiere sacudirse el miedo a los dem�s. Es un paradigma de progreso hacia una mayor racionalidad en las relaciones internacionales, un modelo que reconoce la importancia que tiene el entramado humano, que, en Europa, se teje con el juego permanente de las relaciones y con la presencia constante de la confianza, ya habitual entre nosotros.

Por otra parte, la sensibilidad europea hacia los problemas sociales puede constituir una influencia beneficiosa para que los esfuerzos mundiales se orienten adecuadamente hacia la soluci�n de los graves problemas de desequilibrio entre los pa�ses m�s desarrollados y los menos desarrollados.

El modelo europeo pretende el respeto a la variedad, que es considerada uno de los rasgos distintivos de la Uni�n y tambi�n uno de sus recursos m�s valiosos. Si no cambian las cosas, Europa ser� una y diversa.

8.  Espa�a en Europa.

En la Europa que ahora llega a la encrucijada del nuevo milenio, Espa�a se esfuerza por ocupar el puesto que le corresponde por su historia, su cultura y sus capacidades. En la cumbre de diciembre del a�o pasado, Espa�a result� clasificada entre el grupo de los grandes, y, desde hace alg�n tiempo, viene dando muestras de capacidad de iniciativa y de firmeza en su acci�n exterior, que ahora se quiere potenciar mediante la Comisi�n de Pol�tica Exterior y las reuniones de embajadores. En esta acci�n exterior, se concede importancia creciente a las Fuerzas Armadas, cuya proyecci�n da presencia y peso espec�fico, adem�s de revelar la voluntad espa�ola de participar en los esfuerzos colectivos. Sin embargo, en estos aspectos, se cae con frecuencia en el quiero y no puedo, porque la relevancia concedida al rigor econ�mico y el saneamiento de nuestras cuentas no nos permite ser totalmente consecuentes con la declarada intenci�n de elevar el grado de nuestra participaci�n internacional.

Dentro de Europa, Espa�a debe concertar esfuerzos con Francia e Italia para incrementar el peso espec�fico de los pa�ses sure�os, sobre todo, teniendo en cuenta que la ampliaci�n y el m�s que probable aumento del liderazgo alem�n, una vez se consolide la reunificaci�n, desplazar�n el centro de gravedad europeo hacia el Norte y el Este.

En lo que se refiere a nuestra proyecci�n mediterr�nea, la nueva situaci�n estrat�gica nos coloca en la vanguardia europea frente a una de las zonas de mayor potencial conflictivo, como es el norte de �frica. Adem�s, la condici�n de puerta de Europa y de mesa giratoria que tiene nuestro pa�s adjudica a �ste responsabilidades importantes frente al fen�meno migratorio, como tambi�n ante la lucha contra el narcotr�fico, el crimen organizado y el terrorismo. Nuestra privilegiada situaci�n, en un contexto que favorece, como ya dije, la seguridad basada en el di�logo y en la aplicaci�n de medidas generadoras de confianza, asigna a nuestro pa�s un papel de primer rango en el esfuerzo por establecer la paz y la estabilidad en el Mare Nostrum, a trav�s del llamado "di�logo mediterr�neo", originado en la Conferencia de Barcelona, y en la mediaci�n ante el problema de Oriente Pr�ximo, uno de cuyos hitos fue la Conferencia de Madrid.

En su proyecci�n hacia Iberoam�rica, la consolidaci�n de Europa como potencia mundial da cada vez mayor contenido a nuestra condici�n de puente con aquel continente. Espa�a se convierte, as�, en el principal actor europeo generador de iniciativas en las relaciones entre la Uni�n Europea y aquella �rea geogr�fica, que, como Norteam�rica, es una proyecci�n cultural europea. La penetraci�n econ�mica espa�ola es de tal envergadura all�, y en campos tan importantes como la Banca, la construcci�n o las telecomunicaciones, que da cuerpo y potencia a la voz de Espa�a sobre estas cuestiones en los foros europeos.

Por otra parte, ante el movimiento mundial que se inicia ahora contra el terrorismo, como ante un ambiente general de riesgos generadores de crisis, sube un buen n�mero de enteros la valoraci�n de nuestro pa�s, situado casi exactamente a medio camino entre la costa Este de Norteam�rica y la conflictiva regi�n de Oriente Medio, con excelentes bases y clima propicio para las operaciones. La experiencia espa�ola en la larga lucha contra el terrorismo tambi�n nos coloca en una situaci�n preferente, no s�lo en lo que se refiere al aprovechamiento del nuevo impulso contra esta lacra, ahora objeto de una ofensiva mundial, sino tambi�n como conocedores del problema e impulsores de los procedimientos m�s eficaces de la lucha en el �mbito de la Uni�n Europea. Como vemos, la situaci�n estrat�gica espa�ola se muestra francamente en alza.

9.    Conclusi�n

En esta encrucijada de Europa, cuando, partiendo de una s�lida base de uni�n econ�mica, nos proponemos avanzar hacia la uni�n pol�tica, tambi�n hemos de pensar en el sentimiento aglutinante que deber� inspirarnos en el futuro, m�s all� del simple inter�s por los beneficios que pueda ofrecernos. Este sentimiento, tenue pero profundo, que se ver� realzado por el orgullo de haber sido capaces de llevar a cabo tan colosal tarea, y que se fraguar� en las ricas relaciones mutuas y en el paso del tiempo, estar� canalizado a trav�s del sentimiento de pertenencia a las patrias respectivas. La actitud de compatibilidad que el hombre occidental de hoy asume frente a los fen�menos de complejidad (y �ste es un caso caracter�stico de complejidad) tiende a situar los afectos y las lealtades en un esquema de c�rculos conc�ntricos que no tienen por qu� interferirse. Por ah� va el camino de la Historia en un mundo globalizado, m�s peque�o, m�s �ntimo y, desde luego, m�s complejo. Donde, al tiempo que descendemos a los abismos, sentimos la imperiosa necesidad de la paz, curiosamente, todav�a intuimos que la paz es posible. Pero �queda tanto por hacer!

subir

atr�s